• La espuma de los jueves / escritura creativa

AGUA VERDE, CIELO VERDE


Acabo «Agua verde, cielo verde» de la canadiense Mavis Gallant y, aunque a todas luces no ha sido el mejor momento para su lectura, reactiva en mí las viejas ganas de escribir sobre un tema tan literario y recurrente como es la locura cuando las protagonistas son mujeres. Un arquetipo en sí mismo; las locas.


En poco menos de doscientas páginas Gallant narra a través de cuatro relatos independientes pero unidos en sus personajes, la compleja relación que mantienen una madre y una hija a lo largo de sus vidas y cómo influyen determinados actos, decisiones y vaivenes en la salud mental de las dos. Cada relato nos muestra una cara distinta de ambas, cómo son vistas desde fuera y cómo se ven ellas desde dentro. La disposición de los cuentos hace además que permanezcamos alerta y manejemos los tiempos, adelantando o atrasando las invisibles manecillas del reloj narrativo, sus escenarios y sus situaciones. Pero es que hace algo más, algo que Mavis Gallant, que solo escribió dos novelas porque lo suyo era el cuento, consigue con la facilidad que los grandes logran dar a lo complicado; atrapa la vida entera en pequeños, pequeñísimos instantes.


Leer sobre locura me lleva indefectiblemente a «La campana de cristal» de Sylvia Plath en la que me adentré, con inciertas expectativas y miedo, en el durísimo proceso de asistir como espectadora al desmoronamiento de una mujer joven de la mano de su autora y auténtica conocedora de los hechos por experiencia propia.

La locura es también el tema sobre el que giran antiguas reseñas del blog, como «La extraña desaparición de Esme Lennox» de Maggie O´Farrell y «El devorador de calabazas» de Penelope Mortimer. Y más que la locura, para ser exacta, lo que subyace en multitud de historias son los efectos de la incomprensión hacia las mujeres, la falta de respeto a sus sentimientos y percepciones, la escasa confianza que inspiran cuando cuentan, narran o refieren hechos en relación a ellas mismas y sus circunstancias. La depresión.

Hay un mito llamado el mito de Casandra, que nos condenó a vagar por ahí sin que nadie creyera una sola palabra de lo que decimos. Bah, mujer, qué sabrás tú... Y así, los desprecios y ninguneos se acumulan bajo las alfombras hasta que los bultos que provocan son muy difíciles de esquivar sin dar un tropiezo. En el cine lo llamaron «Luz de gas».

La mente es algo frágil, tan frágil que se lleva por dentro y no admite arreglos como una pierna o un brazo rotos. Son heridas sin sangre que tardan en cicatrizar. De hecho, es la psiquiatría la rama de la medicina que menos avances ha conseguido a lo largo de la historia y el rosario de métodos empleados no hace muchos años atrás pone los pelos de punta a cualquiera que haya leído alguna vez sobre ello.

Las brujas estaban locas, las vecinas están locas, las madrastras eran todas unas locas malvadas (las madres también pueden llegar a serlo, lo aseguro), las ex... ¡ay las ex! Quién no tiene una ex que está como un cencerro. Ahí tenéis a la universal Jane Eyre y esa parte superior de la mansión que no debe pisarse bajo ningún concepto (que tener a una mujer en el armario ha sido más común de lo que cantaba la Carrá) y oye, qué bien les viene a algunos tener una loca a mano a la que dejarle un mechero al descuido y nos resuelva la papeleta.

Las mujeres que sufren por amor, ¿adivinan?, se vuelven locas. También, claro está, las que sufren por desamor. «Los días del abandono» de Elena Ferrante habla exactamente de eso. O, por poner otro ejemplo fabuloso, «El diario de Edith» de Patricia Highsmith, con ese ama de casa a la que la vida se le hace, y con razón, tan cuesta arriba que empieza a ponerla por escrito.

Una pequeña joya es la rara avis «El papel pintado de amarillo» de Charlotte Perkins Gilman. Donde la depresión post parto se hace relato. Y qué relato. Leedlo si podéis, no os llevará más de una hora y el regusto es revelador.

Las jovencitas como «Cara de pan» de Sara Mesa, tampoco se libran de los trastornos, ¿eh? que aquí locura hay para dar y regalar. Y así, haciendo un rápido repaso por mis estanterías, la lista de libros en los que algún desequilibrio aparece escrito por mujeres y en forma de mujer es inacabable: «Antichrista», de Amelie Nothomb; «La plaza del diamante», de Mercedes Rodoreda, «Los últimos días de Adelaida García Morales», de Elvira Navarro, «La habitación de Nona», de Cristina Fernández. Cubas, los «Diarios» de Virginia Woolf, «Y eso fue lo que pasó» de Natalia Ginzburg, «Personajes desesperados» de Paula Fox o «Sobre los huesos de los muertos» de Olga Tocarczuk, son solo algunos de tantos y tantos que aquí no caben y ahora se me olvidan.


Leer sobre la locura, sobre todo si está hecho con la maestría que demuestra "Agua verde, cielo verde" es una experiencia a lo mejor no del todo apetecible, pero de seguro inolvidable. Y también leemos —yo al menos lo hago y es lo que recomiendo— para experimentar vivencias que a veces son muy duras pero van ligadas como el aire a la existencia de cualquiera de nosotras.


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