• La espuma de los jueves / escritura creativa

MI AÑO DE DESCANSO Y RELAJACIÓN

Actualizado: feb 10



Es curioso pero mirando esta portada una podría pensar —y pensó— que se trataba de la segunda parte de "Orgullo y prejuicio" y que la entrañable Elisabeth Bennet, con hijos ya adolescentes y un poco o un mucho hasta el gorro del señor Darcy, decide tomarse un año sabático. Así pues, se tumba en la enorme cama con dosel de su no menos enorme alcoba (redoblando, eso sí, la faena de sus doncellas, mayordomo y ama de llaves) mientras trata de olvidar su rutinaria y aburridísima vida para disfrutar del canto de los pájaros en la ventana y poner de los nervios a toda la familia que no entiende —la familia nunca entiende— qué puede desear una mujer que en apariencia lo tiene todo.

Basta tomarse la molestia de darle la vuelta al libro para comprender, gracias a la contra, que no hay nada más lejano a la campiña inglesa del siglo XIX que el Manhattan del siglo XXI, lugar y época donde transcurre esta novela, y que su protagonista no es ni mucho menos la señorita Bennet en su climaterio, sino una joven de veintiséis años, universitaria e independiente, que no encuentra motivos vitales para mantenerse despierta por lo que, con la ayuda de una psiquiatra digna del mejor psicoanálisis y un spin off que ya está tardando, se infla a fármacos, galletitas saladas y películas en VHS de Whoopi Goldberg y Harrison Ford, en espera de una mejoría, un reinicio del circuito o, como dice ella misma; una renovación de todas sus células que la hagan despertar siendo una nueva persona, alguien que haya olvidado la que es hoy en día. Desde junio del 2000, esta mujer sin nombre se encierra en su bonito y desordenado apartamento porque se ha perdido en la vorágine de Nueva York. No conecta con su mundo. Sus padres, muertos en apenas un año los dos, le han legado la fría casa familiar junto a un puñado de frustraciones y adicciones varias. También está Reva, única amiga que la visita (y la irrita) con sus problemas de peso, dinero, alcohol en exceso y relaciones sexuales con un jefe casado. Y Trevor, con el que mantiene un juego que ha perdido de antemano pero se niega a dejar de apostar. Porque los hombres, tan dispuestos a meterse entre sus piernas en horarios de farmacia de guardia, se sitúan en esta historia muy muy lejos. Tienen éxito laboral, ganan un pastizal, visten impecables trajes chaqueta, comen en los mejores restaurantes, las mujeres los encuentran irresistibles..., pero son más unas pirañas consentidas e infantiles que compañeros maduros y responsables y están tan lejos en el horizonte que, a poco que ellas soplen, o solo respiren, corren el riesgo de caerse de espaldas y nunca más regresar del abismo del fin del mundo. Mes a mes, la protagonista entra en un laberinto para el que no tiene mapa (ni ovillo cual Ariadna), que la ayude a encontrar la salida, y repta hacia su interior en un viaje al que como lectora he asistido entre la sonrisa por sus diálogos desternillantes y el horror de las escenas más escabrosas. Me he movido entre la compasión y el rechazo, las ganas de echarme a dormir, como ella, o de salir por patas saltando por la ventana si es preciso y gritando que yo sí, estoy viva y quiero vivir. Pastillas, miles de pastillas, el libro es un vademécum para insomnes, y café a litros, caramelos, jarabes bebidos a morro, mareos, desequilibrios, lagunas de conciencia y momentos de absoluta lucidez ¿Hacia dónde la conduce esto? Con esto me refiero a dormir. Pero... por el contrario ¿Hacía dónde nos conduce lo otro? Es decir, permanecer despiertos. Novela existencialista, así la define la crítica, y bueno, sí, es pesimista, subjetiva y te lleva a preguntarte cuál es el sentido de esta vida tan estimulante para otros como vacía de respuestas está para ella. ¿Por qué no me quieren? ¿Cómo de delgadas podemos llegar a estar? ¿Talla 38? ¿36? ¡No, mejor la 34! ¿Cuántos ansiolíticos se pueden masticar antes de caer en coma? ¿Cinco al día ¿Ocho ? ¿Diez?. No es no querer sentir, es lo contrario, no ser capaz de sentir nada y darte cuenta de que eso es lo peor. O solo sentir dolor, todo es dolor, y para paliarlo se hacen, hacemos, cosas muy raras o muy normales o muy absurdas.


Cuando no se logra sentir nada más que tedio, te aíslas del mundo, enfermas, desarrollas una especie de psicopatía que te vuelve incapaz de empatizar con nada ni nadie. Y ahí empieza "Mi año de descanso y relajación", con un irónico título que esconde, bajo el corrosivo sentido del humor de su autora, toda la oscuridad y banalidad de la que vivimos impregnados.


Igual si la señorita Bennet y su amado Darcy hubieran nacido ahora su historia hubiera sido otra, puede que esta.

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