• La espuma de los jueves / escritura creativa

Los días y los meses

Actualizado: oct 3

(Diario del confinamiento)



Día 1


Anoche, antes de ir a dormir, quité todas las alarmas del móvil. Me sorprendió leer, por primera vez en la pantalla vacía, la frase: sin alarmas. Justo cuando la alarma es el estado general en el planeta. Hice una captura y la subí a instagram. Me estoy volviendo gilipollas. La verdad es que después programé otra para levantarme un poco más tarde. Fue para nada, he abierto los ojos exactamente a la misma hora que cada lunes. Sorprende el silencio que viene de la calle.


Día 2


He soñado que me escapaba de casa para dar un taller de escritura, precisamente el taller de los martes. Debo ser más ordenada de lo que creo si hasta en sueños cumplo los horarios. Como en el sueño también estaba prohibido salir (pienso en Orwell y en su 1984), las chicas me escondían para no ser descubierta. Me he despertado asustada por haber infringido las normas. Llueve.


Día 3


Consigo escribir un poco, solo dos páginas, pero me ha gustado el proceso y me ha emocionado la idea que, esta vez sí, he conseguido enganchar. De madrugada, sin ganas de leer, he visto tres programas seguidos de "Forjado a fuego". Me duermo fantaseando con la idea de construir mi propia forja en el garaje de casa. Qué sobredosis de testosterona, Dios. Cuando todo esto pase, venderé los cuchillos que haga por las calles. Nota mental para "posibles salidas profesionales".


Día 4


Todo es raro o está enrarecido. Me ha llegado a casa un libro que había comprado por internet antes de que todo esto pasara. No estaba en el stock de la librería y lo envían ahora, casi diez días después. No me ha hecho la ilusión de otras veces. Más tarde he tenido un momento de crisis y gente que quiero ha venido al rescate vía teléfono. Creo que lo necesitaba. Siento miedo a ratos, y eso también es raro.


Día 5


Vivir en una distopía es proponer lipogramas solo empleando la letra a. Es hacer el ganso bailando por la casa. Es limpiar los baños con una frecuencia impropia. Es pensar "mañana, de verdad que bajo a correr al garaje" y casi casi creérmelo. Es haber escrito un soneto y haber conseguido dar un taller, ¡uno!, a través del móvil, el correo electrónico, los mensajes de voz y las ganas de mucha gente. Vivir en una distopía es reírse a carcajadas como hoy, como si nada de esto fuera verdad, como si por unas horas, todo, de verdad, fuera mentira.


Día 6


Hemos llenado una piscina de 0,85 metros cúbicos con garrafas de 5 litros y acordado que cuando los cristales se empañan en el coche es por causa de la condensación, que cambia el estado de los elementos de gaseoso a líquido. Tengo que tramitar una veintena de solicitudes de prestación por cese de actividad para autónomos. La mía está entre ellas. Le he dicho a un amigo que me gusta su foto de perfil en whatsapp. Es un collage con fichas del taller. Hago más videollamadas que en toda mi vida junta. Hemos jugado con bolas de nieve en plena primavera. Le he pedido tres palabras aleatorias a Google y me ha dado; escoba, manta y escritores. El algoritmo no es, desde luego, nada aleatorio. Aquí seguimos.


Día 7


No consigo leer nada. Me bloqueo, no puedo dejarme arrastrar a ficciones más probables que la mía. Vivo en modo "pared de carga", tensa, dura. Cojo, por coger, "El tiempo regalado" de Andrea Köhlery y lo releo, por no leer. Hace un mes, que parece un siglo, tuve que parar el coche en mitad de una carretera por culpa de un tractor. Le hice una foto y escribí al pie algo que había leído en este libro: Hacer esperar es privilegio de los poderosos.

Y así estamos, esperando tras los tractores.


Día 8


La rareza de Ida, Gertrude Stein. La pérdida de la cordura de La campana de cristal, Silvia Plath. Las horas, que pasan lentas, de Michael Cunningham. Escribir y callar, si pudiera, de Nuria Amat. La profecía de La muerte en Venecia, Thomas Mann. El surrealismo de La espuma de los días, de Boris Vian. La tiranía del cuerpo con Las ganas, de Santiago Lorenzo. Las ganas de Escapada, de Alice Munro. Mi intimidad en Un cuarto propio, de Woolf. Los llantos a solas, Mientras agonizo, de Faulkner. La sensación de estar en una trinchera, oyendo los disparos de Por quién doblan las campanas, Hemingway. La escritura como última voluntad pese a la oscuridad de Un soplo de vida, de Clarice Lispector. Ella (yo) en la otra orilla, de Mitsuyo Kakuta. Los Apegos (aún más) feroces, de Vivian Gornick. Los días con Nubosidad variable, de Martín Gaite. La sonrisa de alivio de Lo que me queda por vivir, Elvira Lindo. El dolor de mi Clavícula, y la de Marta Sanz. La Tristeza, infinita, de Chejov. El deseo de leer, "Al día siguiente no murió nadie" de Las intermitencias de la muerte, José Saramago. El mantra de cada noche, También esto pasará, de Milena Busquets. Y al final, la Nada, de Laforet.


Día 9


¿Alguna vez lo habías imaginado? Eres la protagonista de una novela de ciencia ficción. Una protagonista coral, tampoco absoluta, pero tiene su importancia. No son fáciles de manejar los personajes corales, por eso la policía vigila las calles multando a runners y a falsos paseadores de perros. Son replicantes, no humanos. Ahí afuera el enemigo, invisible, avanza hacia vosotros. Y vosotros, tenéis que pelear sin usar las manos. Sobre todo, sin usar las manos. En las páginas que narran tus pensamientos, solo en esas puedes salir del grupo, las luchas intestinas siguen siendo las de siempre aunque con alguna variante ¿Eres buena madre? ¿Has comprado suficiente comida para tus hijos? ¿Desinfectas como debes las superficies de la casa? Esos batidos de plátano y fresas que preparas con dos cucharadas de azúcar blanca, ¿son sanos? ¿Por qué no escribes? ¿Por qué no lees? Mientras, la contaminación baja de manera drástica en las ciudades y en Venecia el agua de los canales comienza a ser cristalina. Hoy no te has duchado.


Día 10


Echo de menos conducir, cantar mientras conduzco, pintarme los labios, oler mi perfume en la piel, sentir frío y calor, el viento en la cara, comer con prisas o no comer, los talleres de escritura, los abrazos, las sonrisas, que me miren, observar, las aulas, los proyectores y su luz dándome en los ojos, las tizas y las pizarras, hacer fotocopias, las cafeterías y las librerías, no llorar cada día, tocar un libro nuevo, tocar, que me toquen, besar en la boca, el semen, dormir agotada. Los jueves, los viernes, los sábados...


Día 11

Huimos de Florencia. La peste negra lo arrasa todo. Somos nueve mujeres y cinco hombres. Habitamos un lugar alejado, llegamos aquí in extremis. Para conjurar el miedo nos contamos historias, una cada semana. Algunas veces yo soy la reina y decido sobre qué tratarán los relatos. Otras, escribo. Salimos al jardín y nos escuchamos leer sentados en círculo. Vivimos nuestro propio Decameron. Ahora mismo, los cuentos, son el único sitio seguro. Día 12 He empezado a leer sobre la historia de una mujer a la que le muerde un gato callejero cuando intentaba darle algo para comer y, de repente, todo su reverso tenebroso, el que guardamos en los cajones del "ya ordenaremos mañana", le sale por ese corte en la piel. A mí cualquier roce empieza a abrirme heridas que, pensé, habría olvidado o, al menos, no pensaba recordar ahora. Es este confinamiento. Lo sé. Pero también soy yo. Lo sé. Mi reverso tenebroso. Día de pequeñas ofensas, maldades y nadas. Día 13 En una hora, cuando se espera, cabe mucho miedo y toda la desesperación del mundo pero también cabe bastante lectura, algo de escritura, la limpieza de tres baños y una cocina. Un buen polvo. En una hora podría plantarme en Huelva con el coche, dormir un poquito más, hablar sin parar por teléfono o sentarme en el sofá al más puro estilo catatónico, mirando a la tele sin ver nada. En una hora hago un paquete entero de torrijas, pienso en mil cosas, lloro por todo. Me doy una ducha larga. Reseteo los circuitos. Hoy amanece con esa hora de menos en el reloj y habrá más luz y hará más calor y no tendré la posibilidad de recuperarla. Día 14 Dieciocho mensajes de voz, dieciocho, entran seguidos a través de un grupo de whatsapp. Otras veces, un mismo vídeo me llega por dieciocho grupos distintos. Me animo a asistir en Instagram al encuentro con una escritora (L) y me veo leyendo mensajes dirigidos a la artista del tipo: ¡holiiiiiii, L. saluda a Ponferrada! (Hola a toda Ponferrada) ¡Y a mi hermana que te sigue desde México! (Uy, qué lejos, ¿no?) ¿Qué barra de labios utilizas? (Oh, jajaja, no sé, la primera que he cogido). En la tele una influencer enfermera, peinada, maquillada y bellísima, llora (joder qué bien llora la tía) con pose de yoggie avanzada por Skype contando que se ha contagiado y siente no poder seguir ayudando a más personas. Pulso, la curiosidad siempre mata al gato, el primero de los dieciocho audios. Una mujer de voz engolada se dispone a leer en-te-ro un texto de Paulo Cohelo. Se acerca la Semana de Pasión. Y con esta, ya van tres. Día 15 No. No estoy haciendo deporte. No vivo en modo zen. No compro papel higiénico. No echo de menos comprar. No digo buenos días a todo el mundo por el móvil. No doy las buenas noches. No reenvío nada. No me creo nada. No me siento mejor persona en una situación así. No creo que todo esto sirva para cambiar algo. No trabajo en lo que me gusta. No dejo de llorar. No follo. No tengo ganas de abrazar a nadie que no abrazara ya antes. No necesito casi nada, solo a alguien. No voy a volverme loca. No más de lo que ya estaba. Día 16 Cuesta mucho poner en marcha la maquinaria cuando se ha parado sin tocar la llave del contacto pero hoy he escrito cinco páginas acerca de una idea que ya tiene dos semanas. Por lo demás, ahí voy, haciendo acopio de paciencia, practicando la serenidad, tomando aire por si mañana, o dentro de dos minutos, me ahogo de nuevo. Apartando los pensamientos que pesan, eligiendo los pequeñitos y necesarios como: Me acuerdo de un chaparrón que nos cayó en agosto del año pasado en tierras muy al norte, recuerdo que empapó mis pantalones verdes. Por la noche he vuelto a tener una pesadilla recurrente. El miedo. Día 17 Juego al oráculo sin hacer preguntas y abro el diario de Virginia Woolf por la misma fecha de hoy hace 101 años. Es 2 de abril de 1919: Reconozco que odio que no me quieran; & uno de los inconvenientes de Bloomsbury es que estimula mi susceptibilidad ante esos fantasmas. Día 18 Primera conjugación: llorar, esperar, aguantar, respirar, trabajar, soltar, tolerar, afrontar, amar. Segunda conjugación: ver, deber, tener, perder, entender, descender, ascender, leer, aprender. Tercera conjugación: ir, venir, sentir, decir, morir, desistir, vivir, resistir, insistir, escribir. Perífrasis verbales: ando buscando, vengo pensando, dejo ir, debo hacer, hay que seguir. Día 19 Recuento de materiales. Un llanto, al menos uno, cada día. Hoy porque el camión de bomberos y el coche patrulla de la policía municipal le han cantado el cumpleaños feliz a una niña de mi calle. Pan, siempre de antes de ayer. Tres paquetes de fideos. Una tableta de chocolate para emergencias que escondo de los niños. En el supermercado no quedaba harina. Una mascarilla de las buenas porque no se puede respirar con ella. Tres pares de guantes que reservo. Compresas. He conseguido un desinfectante de manos en la farmacia al precio de un kilo de gambas de Huelva. Al teclear el 19 en el día de esta entrada, le he dado dos veces al uno. Día 119, ha puesto. Me ha dado un vuelco el corazón. Día 20 Ábrelo, ábrelo despacio. Di qué ves; dime qué ves, si hay algo. Un manantial breve y fugaz entre las manos. Toca afinar, definir el trazo. Sintonizar, reagrupar pedazos a mi colección de medallas y de arañazos. Ya está aquí. Quién lo vio bailar como un lazo en un ventilador. Quién iba a decir que sin carbón, no hay reyes magos. Aún quedan vicios por perfeccionar en los días raros. Nos destaparemos en la intimidad con la punta del zapato. El futuro se vistió con el traje nuevo del emperador. Quién iba a decir que sin borrón no hay trato. Nos quedan muchos más regalos por abrir. Los días raros. Vetusta Morla. (Felicidades, vida mía) Día 21 Veintiún días, dicen, se necesitan para crear un hábito. No es cierto. Yo no me habitúo a estar así. A no tenerte al lado. A no hundir mi nariz entre tu clavícula y tu cuello. A no perderme en tu voz con palabras que flotan a través del aire y no en la distancia metálica del teléfono. Si nos vemos —por videollamada— es casi peor, porque casi no hablamos, solo nos miramos y el deseo, que tampoco se habitúa a no explotarme en la cara, corre y se almacena rugoso en sitios oscuros que me arañan al acostarme. Porque no me habitúo a deshabituarme de ti. Soy la misma de hace veintiún días, tan solo te echo más de menos. Día 22 Hoy tengo el día de Bowie. Escucho en bucle mientras trabajo el Under pressure con Freddie Mercury y recuerdo (vivo de recuerdos) que en los institutos no lo conocen. Les pongo imágenes para que vean que masculino y femenino se mezclan desde el principio de los tiempos y que siempre hubo/hay/habrá alguien más moderno que todos nosotros juntos. Pues pienso en eso, en que este curso truncado les puse a Bowie y… ni puta idea de quién es Bowie tenían. Canta mientras escribo: love, love, love, love… La locura se ríe y nos derrumbamos bajo la presión. Minuto 2:54. Cierro los ojos y me dejo llevar. Hoy es lunes. Me ha bajado la regla. Veintiocho días exactos. Lo masculino y lo femenino. Llueve. Día 23 Cadena de favores. Mi certificado de retenciones con una de las empresas con las que trabajo no coincide con los datos reales. Me llama el jefe de servicio mientras cocino así que apago a Evanescence en lo mejor de Lithium (me cago en todo) y paro el robot de cocina antes de que llegue al final pero me olvido del wok con setas que está sobre la vitro y se me queman. La mutua, un poco antes, me niega la prestación extraordinaria por cese de actividad para autónomos, diría aquí que son unos grandísimos hijos de la gran puta pero no quiero decir palabrotas ni parecer hiperbólica en mi diario. El mundo se puede hundir que lo último que hará la Seguridad Social antes de extinguirse, será emitir urbi et orbi el puto recibo de autónomos. Por otro lado, esta noche cenaremos pizza casera gracias a una vecina que me ha dado medio paquete de harina (no encuentro harina desde que estamos encerrados) y un poco de levadura fresca. No hay desgracia que una buena pizza no alivie pero ¡¡pongo a Dios por testigo de que jamás…!! Bueno, ya lo pensaré mañana, que decía la maravillosa Scarlett. Día 24 Hoy iba a salir bien, ni a primera hora —que no me caracterizo por mi afán de madrugar—ni a eso de las tres y media —cuando se supone que la gente de bien está comiendo— ni a última hora—cierran a las ocho que es la nueva hora del after hour… Hoy mi plan infalible ha sido ir a las dos. Jugada maestra, pienso mientras enfilo la avenida y meter tercera me eriza la piel de puro placer, ya se habrían largado los mañaneros, aún no estarían los fiesteros y el supermercado al completo, parking, carniceros, fruteros y charcuteros, estarían solos y solo para mí. Pues nada sale como se espera. A las dos y ocho minutos diez personas ataviadas con guantes y mascarillas ya estaban haciendo rigurosa cola de a uno frente a la entrada con los carritos de la compra al ralentí. Soy la número once. El primer impulso ha sido girarme sobre los talones y subirme de nuevo al coche, suerte que en ese momento me saluda desde la fila una amiga, otra humana adulta con la que poder hablar, y eso, hablar, le ha ganado hoy la batalla a mi proverbial impaciencia. Día 25 Pese a todo, los jueves siguen siendo mi día favorito de la semana. El día donde termina la rutina, se relajan las obligaciones, los trenes esperan que ocupes tu asiento, la lectura se amplía, dormir contigo es religión. Así eran mis jueves antes de que todo esto pasara y, un poco, pese a todo, así siguen siendo hoy. Jueves de sorpresas. Sorpresas en los relatos que leo y me cuentan, sorpresas en las voces queridas. Pero hoy, jueves, mi mayor sorpresa has sido tú. Definitivamente, jueves. Día 26 Me envía un correo Google Maps con mis datos del navegador para este 2020. Antes de C. (donde C no es Cristo) y solo en marzo, llevaba recorridos 1019 kilómetros en 22 horas de coche. Mis ciudades destacadas fueron Valencina, Benacazón, Olivares y Aznalcázar. Los lugares más visitados; la biblioteca municipal y un Aldi. Hubo durante el fatídico mes un viaje destacado a Pedrera. Los 6567 kilómetros acumulados del año suponen un 16% del perímetro total de la tierra. Más lejos quedan los tres países visitados, las 66 ciudades y los 245 sitios. Big Data, lo llaman y qué vértigo da visto desde casa, tan quieta. Día 27 Sábado. Me gustan los sábados. Despertar varias veces, quedarme dormida otras tantas. El sonido de la cafetera, abajo, ajena, dándome el último aviso. Arrastrarme hasta el sofá como si estuviera de resaca, yo, que no bebo una gota de alcohol, decidir que me gusta la luz del día, llueva o, como hoy, luzca el sol. Decidir que no haremos nada, que no hay nada importante que hacer, que ni siquiera vamos a salir. Reírnos con la ocurrencia. Olvidé durante las últimas tres semanas lo mucho que me gustan los sábados. Día 28 No creo en el dios de la biblia, tengo suficiente imaginación para inventarme otro. Pero hoy es el día de la resurrección para los creyentes y en mi credo de ficción, también hay algo parecido. He muerto varias veces estos días, posiblemente moriré otras tantas en los siguientes. Me he ido hundiendo lenta y profunda, en el agua sucia y amniótica del miedo hasta tocar fondo y he logrado contener la respiración hasta alcanzar de nuevo la superficie y respirar. Respirar. Respirar. No sé lo que aguantaré a flote por esta vez, ni sé si me cansaré mañana (maldito lunes) de nadar sola, lo que sí sé, porque tengo imaginación para inventarme vidas, es que cuando eso ocurra y me muera, resucitaré en cuanto pueda volver a verte y hoy celebro eso. Día 29 La familia de golondrinas que vive en la ventana de la cocina sigue a lo suyo. Las oigo cuando amanece y cuando estoy recogiendo los platos, mientras sigo a lo mío. Lunes. He vuelto a escribir o estoy en ello, a lo mío, al menos. Día 30 Me casé contigo (esto va para ti) un día como hoy, republicano, pronunciando los votos que nos escribimos. Prometí, ¿lo recuerdas? acordarme de tu manera de ser, tranquila y serena, por la que solo le das importancia a las cosas que de verdad la tienen, cada vez que la ira y la desesperación, así lo dije, me ganaran la batalla. Hoy, pese a esta situación dolorosa e inaudita en la que no puedo tomarte de la mano, es un día para la sonrisa, para mantener la calma y la serenidad como te prometí que haría y para volver a decirte que sí, que me caso contigo cada catorce de abril o cada quince de mayo o cada doce de septiembre, que me da igual la fecha porque me he casado contigo cada día de este encierro, cada día desde que te conocí, cada día desde que nos reconocimos.

Día 31 Día treinta y uno, como los meses largos. No hay meses de treinta y dos días ni palabras para nombrarlos. Mañana sucederá algo que no existe y tendremos que señalarlo con el dedo, como en Macondo. Despierto con dolor de cabeza. Si pudiera, no me levantaría. Me lavo la cara y las rojeces de la piel siguen ahí, resistentes como yo, pequeñas erupciones con picor cuyo origen, desconocido, creo que conozco. Es miércoles, ha llovido toda la noche, lloverá todo el día. La casa está oscura como mi cabeza. Ni siquiera el café me sabe bien, solo lo tomo por inercia. Y por la pastilla para el dolor y porque me recuerda a la clase de vida que llevaba antes de levantarme así, tan vacía. Leo, menos mal que leo, a Natalia Ginzburg. «Hay un rinconcito de mi alma donde sé muy bien y siempre lo que soy, es decir, una escritora pequeña, muy pequeña». Están mutando mis oficios. Día 32 He asistido, sí, lo he hecho en estas circunstancias, a una gala de entrega de premios. Me he peinado (ahora no me peino casi nunca), pintado los labios (de rojo pasión rusa) y hasta he llevado zapatos de tacón alto (ni recuerdo la última vez que llevé unos como aquellos de cristal) para cantar y bailar (al ritmo del charlestón) con una copa de champán en la mano y una bonita pluma, a juego con mi vestido, en la cabeza. He estado rodeada de artistas, escritoras y escritores, los que más me gustan. Y todos estaban radiantes, felices, sonrientes. Como yo. Nos hemos escuchado con atención, aplaudido y emocionado cada vez que alguien salía al escenario a recibir, o no, un premio. El premio es reunirnos y celebrar cualquier cosa, la que sea. Y como leí del prefacio de Boris Vian en la espuma de los días, todo esto es enteramente verdad porque lo hemos inventado nosotros. De principio a fin. Día 33 Nadie en la cola ¡Nadie en la cola! Es la primera vez que entro a la compra sin esperar. Gel hidroalcohólico a mansalva ¡si hasta los venden al público! ¿Y los guantes de látex? Ya hay guantes de látex, doce unidades o cincuenta ¡Cincuenta talla M! Todos míos. Un día es un día y que salga el sol por Antequera. Harina no, harina no hay nunca y de la levadura ni rastro. El cajero me dice que guarda en su casa un sobre y está pensando en sortearlo por internet a un precio de salida de cinco euros. Le digo que tengo otro, los unimos y vamos a medias. 20 gramos. La Deep web y el mercado negro pasan del porno y la cocaína. Roscos, bollos, bizcochos y pan, son más hardcore. Es viernes. Menuda mierda. Día 34 Me he levantado tarde. Solo he tomado un café. He leído un relato titulado Las relaciones humanas. He hablado por teléfono. He leído un fragmento de ese relato por teléfono. He limpiado el salón. He comido arroz con leche. He pasado la tarde frente al ordenador y he recibido mil fotos divertidas de amigos que me han hecho olvidar que es sábado. Me he hecho fotos yo también. Las primeras desde el confinamiento. He salido a la puerta a aplaudir y un vecino repartía dulces caseros. Es la primera vez que los hago, me dice la segunda vez que me acerca la bandeja. Vive enfrente y no lo había visto en mi vida. He mirado a la tele sin prestarle atención y antes de irme a dormir, también he hecho un cuestionario. Día 35 Volví a levantarme tarde, a tomarme un solo café pero hoy, que encontré un libro que no sabía que tenía de Stephan Zweig "Carta de una desconocida", no he podido suspender la incredulidad que precisa cualquier historia inventada. Un hombre recibe una carta de una mujer, desconocida, que le confiesa su amor por él desde hace años. Ella lo ha querido por encima de todas las cosas, de manera febril, servil y obsesiva y así se lo hace saber en la abultada misiva. No puedo creer que el amor sea eso. Ya no. No hoy. El amor es roce y es la rojez que a veces provoca el roce. Es vernos desnudos, anti héroes, sin pudor. Ni escudos ni maquillajes. No tengo que ser otra para que me quieras. No tienes que ser distinto para que te quiera yo. Pero no nos queremos por nada, no se debería querer así, nos amamos por todo. Por eso no he podido creerme un relato en el que una gran historia de amor no se parezca a la mía. La ficción hoy se me ha hecho añicos. Día lento y absurdo ¿Para qué sirve un domingo en un confinamiento? ¿Qué lo hace especial? Día 36 Me hablan las escritoras muertas. No ahora, que estoy encerrada y puedo estar perdiendo la cabeza, me acompañan desde aquel año en que llegó a mis manos un cuento de Grace Paley, Deseos, y luego apareció Virginia con El cuarto propio, y más tarde, muy poco después, Natalia Ginzburg con Los zapatos rotos… Esos telegramas enviados a través del tiempo, me han sacudido desde entonces y me han susurrado a gritos: ¡Ey, espabila! Toma esto y continúa. Ahora es tu responsabilidad. Escribir, me revela Clarice Lispector, es acordarse de lo que nunca ha existido. Y escribimos para librarnos de la difícil carga de ser una persona. Hoy es un día de nada. Hoy es la hora cero. Día 37 Cuarentena; virus, hospitales, médicos, mascarillas, muertes, respiradores, ucis, hielo, altas, aplausos, lágrimas, llantos, soledad, abrazos, noticias, nervios, colas, harina, libros, zoom, videollamadas, teletrabajo, amistad, whatsapp, relatos, risas, ayuda, psicología, serenidad, ansiedad, test, balcones, salvoconductos, sueños, pesadillas, insomnio, deseo, lluvia, amor. Día 38 Tengo la sensación de que este diario habla más de mi discurrir íntimo y lento que de todo aquello que me traen los días o yo hago en ellos. Mientras estoy en casa sin posibilidades de salir, trabajo procrastinando, limpio algo cada mañana, he limitado en número de cafés a dos, planeo las comidas como nunca antes, cierro ventanas cuando pasan por las calles fumigando, administro los recursos con mano férrea y discuto con los niños por rutinas previas, encierros presentes o proyectos futuros. También, ando haciendo un curso de edición por internet, yo no tengo webcam pero muchos de los participantes sí y los observo curiosa, se parecen entre ellos tanto que todos parecen escritores. También yo escribo, me fuerzo a ello, es lo único que me empujo a hacer para no acabar siendo una malcriada que todo se lo ha consentido. Por lo demás, leo poco, disfruto poco de todo, no veo nada la tele y bueno, sin entrar en detalles, sigo bien. Día 39 Mezclo días, trozos de jueves y viernes. Los temas de ayer fueron los temas de siempre; el amor y la muerte. Pero hubo variaciones influidas por el pensamiento compartido de estos tiempos; miedos, pérdidas, prisas. Hoy desperté con otro diario, o lo mencioné tan solo, porque alguien lo trajo a mi memoria; El diario de Edith, de Patricia Highsmith, en el que una mujer empieza a escribir sobre la vida que le gustaría llevar y no realmente sobre la que lleva. ¿Manipulaciones necesarias o síntomas patológicos? ¿Y si fueran las dos? También yo lo hago. Solo unos pocos y pocas entenderán de qué hablo, igual ni eso, porque un diario no debe escribirse pensando que va a ser leído por otros, pero soy una ficción de mí misma y este diario, un artefacto creado por las circunstancias. Y sin embargo, resulta tan necesario en mi situación... Día 40 Unidades de medida: para los niños el tiempo corre a una velocidad distinta a la de los adultos, los perros se aturden por tantas horas de compañía, ciertas parejas creo que también. El aburrimiento no afecta por igual a cada mamífero, lo que mide un metro va camino de convertirse en el chiste de los veinte centímetros, la desescalada suena a regreso del Everest, ¿Había gente en el Everest cuando se decretó el estado de alarma? Si yo, cosa rara en mí, no me he saltado ni un solo día de este diario y voy por el 39, ¿por qué hay gente que dice ir por el 44, 45 o 46? ¿Ha pasado algo ahí afuera que yo me he perdido? ¿He conseguido instaurar un universo paralelo? La verdad es que da igual. Ayer, sábado por mi calendario particular, solo estuve escribiendo. Día 41 Domingo. Ha lucido el sol. Niños y niñas han salido a la calle. Pronto lo harán deportistas y paseantes. Como el cambio de armario, creo que yo seré la última en hacerlo. Ni tengo perro, ni tengo menores de catorce en casa, ni salgo a correr así me persigan. Pero sí, parece que ya se atisba el final o, al menos, un intermedio en el túnel. He estado escribiendo, he acabado un proyecto, no me he sentido como esperaba. Vaciada y sin inspiración. Este encierro no es más que una vida entera en pequeñito, todo cabe en ella y, sin embargo, seguimos soñando que ahí afuera debe haber algo más.

Día 42 Cuando se decretó el confinamiento (esto que estoy haciendo no podría pertenecer a ningún diario real porque ningún diario necesita la introducción a nada) lo primero en lo que pensé fue en acabar de escribir el libro. En cuanto los días me cayeron encima, advertí que no podría o, al menos, que no sería tan sencillo como imaginaba por el miedo, la angustia, la tremenda pena de echar de menos y la necesidad que solo me permiten sobrevivir. Pero lo he hecho, me he sentado en esta silla, ocho, nueve, diez horas, varios días seguidos, estricta (a nada le he dedicado tanto tiempo de esta no-vida) para conseguir terminarlo. Justo un año después de haberlo empezado, ya está. Lo he hecho. Ahora vendrá otro tiempo pero, durante este, he acabado algo. Yo, que no acabo casi nada. Casi nunca. Día 43 La hermana que me dieron mis padres tiene los ojos azules, la hermana que me ha dado la vida los tiene verdes. Si la de los ojos verdes lee esto, tiene que saber que tengo en casa un libro que me prestó y aún no he leído, otro que yo le compré y me leí antes de envolvérselo para regalo, pero sobre todo tiene que saber que nos debemos un abrazo de los largos y un día de los nuestros, solo nosotras, el coche y algún sitio en el que poder comer con postre, reír, charlar y pasear agarradas. Y también tienes que saber, chica de los ojos verdes, que te quiero.

Día 44 Saldremos a pasear con la familia. Pisaremos de nuevo peluquerías, bares y restaurantes. Abrirán, semivacíos, cines, teatros y discotecas. Las playas se llenarán con, al menos, dos metros de distancia entre sombrillas. Y yo solo quiero verte llegar y volver a recorrer contigo camas y librerías. Nueva normalidad la llaman. No sé, creo que prefiero la vieja. Día 45 Es una frase hecha que hay días buenos, malos y regulares. Pero es que hay días así. Buenos porque es jueves. Regulares porque invierto gran cantidad de tiempo en actividades que me exigen, me irritan y me molestan. Malos, porque ayer supe de la muerte de un librero y hoy, en este contraste de temperaturas que traen los días, sigo sin poder creérmelo del todo. Uno de mis sueños al salir era correr a su librería, saludarlo con timidez al entrar, entablar pequeñas conversaciones al pagar o cuando le pidiera algún libro que no encontrara y sentarme, tranquila, a tomar algo entre sus estanterías imaginándome lo fantástico que sería dar un taller de escritura allí. Hay cosas que no volverán a pasar. No igual ni de la misma manera. Día 46 Ha sido viernes y ya está. Bueno, ya está no, esta mañana, sin haber salido aún de la cama, tomé una grandísima decisión. La verbalicé, mejor dicho. Siento su antiguo peso volverse más llevadero. El primer paso, dicen, siempre es el más difícil y ahora que podemos toca empezar a caminar. Por cierto, no me gusta el horario que tengo para hacerlo. De seis a diez de la mañana o de ocho a once de la noche. Joder. Y ahora sí, ya está. Día 47 Al igual que lo primero que noté fue aquel silencio artificial y pesado, hoy hay un leve rumor en el aire, como dejado al azar, algo que durante muchos días no se pudo oír. Y hay un deje de rencor hacia todo y hacia nadie que me impide disfrutar de esta semi libertad que aún no sé si quiero o cómo utilizaré. Hace de nuevo calor, ese calor pegajoso, deseado y temido como un amante egoísta. Cuando todo esto acabe, porque acabará, tendremos que concertar tú y yo una cita, sorprendernos al mirarnos, cogernos de la mano con alegría y timidez, besarnos como aquella tarde en el parque, hacer lo que frente a aquel teatro hicimos, muertos de amor y ganas. Volver a reconocernos y no solo a recordarnos. Día 48 Anoche soñé que tenía goteras en casa. El agua caía sobre la cama y al salir al balcón el edificio entero se movía hacia delante, como si fuera a caerse. No son días especialmente buenos, de hecho, son días particularmente malos. La gente parece recuperar sus hábitos con una facilidad que yo no encuentro. No tengo miedo de salir a la calle, lo que no tengo son ganas ni sitios a los que ir. Tal vez en una ciudad todo sería distinto. Tal vez el asfalto me diera la cualidad de no ser vista o la de no tener que ver a nadie. No lo sé. Salir de la soledad es gradual, como entrar en ella. Padezco una agorafobia íntima, no me gustan los espacios sin un sitio definido al que ir y todos los sitios a los deseo llegar, me quedan aún muy lejos. Día 49 Ayer solo fue lunes. Borraría este día de todos los calendarios. Día 50 Martes. Chatarra inservible, basura en el suelo, moscas en la casa. No es mío, es de Shakira cuando era morena y no enseñaba el ombligo. Con esta canción que, lo acabo de comprobar, tiene ya veintidós años, me he levantado hoy así que... mejor cantar algo de mucha pena que no cantar nada. Hay días que duelen y, si es cuestión de confesar... nunca duermo antes de diez ni me baño los domingos. Día 51 Alguien (no sé quién) debería haber estado ahí detrás para que, mientras yo termino de poner día cincuenta, diera un gran salto hacia mí gritando ¡sorpresa! Y sin embargo, las sorpresas no dejo de dármelas yo. Sorpresa por haber llegado hasta aquí, por no haber fallado ni un día, porque en los días que había detrás de algunos números también hay mucho dolor y ninguna, ninguna gana de escribir. Porque pese al 7, 17,18,20 y 48 (sobre todas las cosas el 48), he cumplido con mi compromiso que es tanto como decir que he cumplido conmigo misma. Lo he hecho. Resisto. Y aquí sigo. Sumando. Día 52 No salvaré nada de este confinamiento pero sí hay cosas importantes que lo han marcado. La primera es lo mucho que quiero, amo y deseo al hombre de mi vida. Lo segundo no lo puedo escribir aún, quizá algún día me permita hablar de ello. No ahora. Lo tercero son los jueves. Salvaré todos los jueves y a las personas que llevan dentro. Una enseñanza, la amistad y el amor, son los pecios de mi naufragio. Día 53 Por motivos que no vienen al caso, mi dirección de correo figura en una lista de la facultad donde está matriculada mi hija. Entiendo que formo parte de esa lista junto a varios cientos de alumnos/as a los que envían información de interés para la comunidad universitaria. Bien. Ayer, viernes por más señas, un alma cándida tuvo la ocurrencia de preguntar al remitente de esa lista (con copia a los miles de remitidos que debemos ser), algo sobre su trabajo de fin de grado (TFG en el argot) y esta mañana tenía 367 mensajes nuevos en la bandeja de entrada. Algunos, muy majos, tratando de ayudar al estudiante despistado haciéndole ver que ese no era el medio, otros, muy HP (en el argot: hijos de puta), insultando directamente a la criatura por, y cito textualmente: "molestar preguntando tonterías". Enseguida se abrió un hilo de gais buscando compañía en la zona de la Sierra Sur (tengo el instagram de unos pocos, no miento y sé de varios sitios en Sevilla donde hay "cuartos oscuros"). No tardaron en sumarse los chalados de Vox que, encargados de vigilar la moral, son como el perejil de todas las salsas (cortadas). Ni faltó un puñado de groupies de Fernando Simón (juro que no estoy inventándome nada) que hacían presión contra algún "hater" detractor (en el argot: odiadores de todo lo que se menea). Otro grupo, que ha hecho hilo propio, ha estado recomendándose series de Netfix ¿Cómo no? y otro más, con muchas ganas de marcha, ha quedado a las ocho de no sé qué día en no sé qué sitio... Y así, gracias a mi e-mail de hoy, he sido testigo en las sombras como una voyeur cibernética (en argot: mirona de ordenador) de la tontería y absurdez humana. No sé qué hacemos encerrados si el peligro está aquí dentro. (Me toco la cabeza). Día 54 Sábado. Hace años monté por última vez en una montaña rusa. La última porque lo pasé mal. Las subidas lentas, las bajadas rápidas, los giros bruscos, los gritos, la risa histérica. Cuando terminó el viaje y me puse en pie temblando y sin equilibrio, me prometí a mí misma que se acabó, que no había necesidad de volver a repetir la experiencia. Me equivoqué. Esto, a días, es la misma montaña rusa, lo noto en la sangre, en el latir del corazón que se me dispara cuando comienzo a subir, despacio, a tirones secos de una cadena metálica a la que estoy atada. Luego, por un segundo estoy arriba, siento el vértigo y zas, caigo, caigo, caigo. Día 55 Teléfono, comida mexicana, trabajo, repasar algo de lo escrito, propuesta nueva para escribir, limpieza, tele, acabar un libro corto, triste, duro. Me he obligado a escribir esto pero solo hubiera puesto domingo. Día 56 Lunes. Menstrúo. Me duele. No queda chocolate, solo ibuprofeno. Llueve. Me siento gorda y me veo fea. Sigo sin ganas de salir, de comprar o hacer la comida. Esto no se va a acabar nunca. Mi autocompasión no tiene límites. Día 57 Bueno, mal. No sé. Jugueteo con la risa. Caigo hasta el fondo en la pena. Me he tomado una infusión (para evitar el tercer café). He tenido sueño todo el día. Me he cortado el pelo.

Día 58 Una sola cosa en la cabeza; nada que decir, nada que escribir, nada que destaque. Igual, solo por diferenciar el miércoles del martes, he llorado un poquito menos, he mantenido al margen la ansiedad, he escrito un poco más de lo que suelo. Puesto en letras, la cosa mejora bastante. Sigo evitando tropiezos. Día 59 Como hay días de nada, hay días de todo. Amigos, amigas, sus voces y risa, complicidad construida a base de años, generosidad, compañía, regresos, amor tangible. Debe ser que fue jueves (estoy segura de que así fue porque era jueves) y los jueves todo, todo, todo es posible en mi mundo. Día 60 Despresurizando. Día 61 Hay una pequeña tristeza inmensa cuando ahora nos miramos y me coges de la mano y el borde de mis uñas y los nudillos se tiñen de blanco por la fuerza que ejercemos en un gesto, antaño, tan suave, tan común. En esa vida que no se escribe, porque no se puede y porque no se sabe, no existen las epifanías, el dolor y la añoranza solo son dolor y añoranza. Y ganas de poder parar el tiempo y que la sangre de las uñas y nudillos circule, arrastrando el miedo a su paso, dejando nuestras manos ser solo eso, nuestras. Día 62 Los domingos son días tontos, con o sin cuarentena. Perezosos, lentos, raros. Un dispendio del tiempo. Un derroche de horas que nunca van a ningún lado. Día 63 He fotografiado mi sombra en la calle bajo el sol. Me he sentado a esperar en un murete mientras leía un rato al aire libre. Me he sentido bien, solo unos minutos, pero lo echaba de menos. Había mucha felicidad en mis rutinas pero solo he podido saberlo desde aquí; la eterna novedad en la que ahora vivo. Día 64 Me ha llegado a casa un caudal de libros, casi todos relatos, que me permiten leer concentrada en algo que sé, durará poco. A poquitos, también, hago relectura y correcciones de esos sueños que tenía antes de que apareciesen las pesadillas. Respiro un poco mejor, no he llorado en días y no anticipo desastres que me acercan a una locura muda que abre zanjas en la tierra. Poco a poco, me alejo de una parte y me reencuentro en la otra aunque todas ellas sea yo, vórtice de mí misma.

Día 65 El verano se acerca. El aire cálido me envuelve en el patio donde salgo a leer en chanclas y camiseta. Sin peinar, sin duchar, sin más sonido (ayer hubo suerte) que los pájaros y los niños y César que jugaban a algo en el salón, lejanos, cercanos, queridos desde mi atalaya situada a escasos cinco metros. Me gusta esa sensación, ese pequeño aislamiento dentro de la compañía. Esa lejanía eterna que, sin embargo, se salva en los segundos que tardo en cerrar el libro, bajar las pies de la mesa y subir las escaleras que conducen hacia ellos. Día 66 Calor. Parece mentira que cada año me sorprenda la fuerza y la furia con la que el termómetro se inflama. Ahora sí, calles vacías, supermercados desiertos, ventanas abiertas para poder dormir. Camisetas de manga corta de C, porque las mías están tan bien guardadas que da pereza sacarlas. Eso me da el calor, pereza, y ganas de salir de noche (yo, que no salgo de noche), y de ir hasta la playa (yo, que no soy fan de la playa), y de meter la cabeza bajo el agua (yo, que no soy de ahogadillas). Nostalgia la llaman, no de lo que fue, sino de lo que podía ser y ahora ya no. Sin ese punto de serenidad y con un punto de enfado o de mala leche. Ayer fue jueves, fin de mis semanas y principios de la siguiente. Sigo a la expectativa. Día 67 Acabo un libro que ¡oh, sorpresa! me gusta. Sudo. Salgo con mascarilla a comprar a la farmacia algo que nunca esperé necesitar y ahora solo espero no tener que necesitarlo. Sudo. Hago a medias la comida, recogemos la cocina, tiendo una lavadora. Sudo. Trabajo sin ganas, contesto a dos llamadas, solo a dos, porque no me apetecen más charlas. Sudo. Escribo la reseña del libro que me ha gustado. Sudo. Es viernes y empieza una maldita cuenta atrás. Sudo. Día 68 Los sábados son rojos y redondos. Rojos y redondos. Día 69 De todo lo que miro en mi instragram solo entiendo una parte. Sigo a editoriales, librerías, escritores y amigas, nada más, pero puedo quedarme ratos enteros varada en vidas que no son la mía pensando, la verdad es que no lo pienso tanto, que a lo mejor me descubren algo que yo no sé y necesito. Otros ratos (no sé si por lucidez o abotargamiento), decido que cerraré mi cuenta o acabaré este diario y me dedicaré en exclusiva a mis labores. Pero hasta ahora siempre me digo que no, que llegaré por aquí hasta el último día de este mal sueño y me pongo, concienzuda, a mirar cómo le quedan los pantalones cortos a otras que nunca soy yo. Día 70 Atípico lunes. Atípico buen humor. Estoy tranquila. Respiro sin poner atención en hacerlo. Es buena señal. El cuerpo, si la mente funciona, hace él solito las funciones primarias. Mi deseo para esta semana que comienza es no interferir en su trabajo, dejarlo hacer. Y ahora, soplo la pestaña. Ojalá me sea concedido.

Día 71 Vuelta a la rutina, a la soledad no querida. Al menos hoy he sonreído. A ver qué tal se me da mañana. Hay un umbral, hay un punto sin retorno. Cose a mí tu adiós, capta una señal y tira del anzuelo sin piedad. Seré la llaga, la venda y el dolor, me lleva lejos la inercia más feroz. (No son mías estas frases, las he cogido prestadas) Día 72 Tratamos de cuidar el cuerpo utilizando la mente y este método, tras más de dos meses así, no funciona. Voy a tratar de invertir los términos y a cuidar la mente escuchando a mi cuerpo. No es tan grave lo que pasa y lo que puede pasar podría no pasar nunca. Inventar desastres y anticiparlos pone todos mis nervios en guardia. Hoy he bailado en la cocina aunque puede que no me haya movido del sitio y solo haya sentido las ganas. Sentir y no pensar cuando el pensamiento duele. Sigo la inercia, me dejo llevar. Día 73 He vuelto a conducir, a meter quinta, sexta. A poner música, a salir del pueblo, a correr por la autopista. He vuelto a ver a seres humanos que no viven en mi calle, y me he tomado un café con tostada bajo la luz del sol. He vuelto a sonreír por nada y por todo. Y he vuelto a sentarme por aquí a vivir los jueves. Él me pregunta: ¿Cómo te has encontrado el mundo? Igual que estaba, le respondo alegre. Al mundo le importan una mierda todas estas ausencias, y así debe ser. Supongo. No será el mundo lo que nos eche de menos. Temo ahora la bajada. La puta montaña rusa no para. Día 74 Para empezar, resulta que todo el mundo ha dejado de contar así, ahora las cuentas son día 4 de la fase 1 o día 7 de la fase 2. Como en todo, yo a mi bola. No sé qué pasará de hoy en adelante, tampoco tengo claro qué ha pasado estos meses atrás pero este diario, su consuelo y su válvula de escape hacen ya aguas y empiezan a perder sentido. Me encantaría decir que amo la humanidad y que es maravillosa la vida pero no es así, no siempre ni todo el tiempo. Ahora toca reponerse y sanar. Me ha gustado escribir algunos días pero he sufrido escribiendo otros y mi fortaleza resulta que solo estaba en mi imaginación. Ay, la imaginación, habrá que desempolvarla. Gracias, que diría Lorrie Moore, por la compañía.

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