• La espuma de los jueves / escritura creativa

EL GRAN GATSBY

Actualizado: feb 10



Hay cosas que todo el mundo debería hacer al menos una vez en la vida y leer «El Gran Gatsby» es, sin lugar a dudas, una de esas cosas. Dicho esto, dejo de pontificar y os cuento.


Durante años yo misma me resistí a leerlo. ¿Motivos? No los sé. Porque me parecía una historia lejana en cuanto a personajes, tiempo y espacios. Porque siempre había otros clásicos que me apetecía leer más. Porque cada vez que lo veía en alguna librería o biblioteca, encontraba al momento otro título que me atraía con más fuerza y Fitzgerald regresaba silencioso a mi olvido, sabedor de que tarde o temprano volvería a pensar en él. Así transcurría este affaire, como lo hacen todos los tonteos del mundo, entre tiras y aflojas, ahora cerca, ahora lejos, hasta que por fin, no sé si porque nada me distrajo esa vez o porque cogí el libro delante del librero —quien me miró sin apartar la vista—, que me dio apuro soltarlo y decidí dar el paso de comprarlo y, claro está, empezar de una vez por todas a leerlo.


Lo dicho, todo el mundo debería leer «El gran Gatsby» una vez en la vida. Porque aunque es cierto que transcurre en Estados Unidos hace ya un siglo y es una historia contada por un pijo que observa a otro que hace cosas de pijo rodeado de muchos pijos más, es también una obra maestra de la literatura universal. Y la literatura, la buena, es atemporal.

Decía Virginia Woolf que la única obligación de un conferenciante era ofrecer al oyente una pepita de verdad pura. Una sola cosa, pequeña pero cierta, que poder llevarte a casa. En «El Gran Gatsby» hay un huerto completo de pepitas de verdad pura. Montones. Está lleno de frases perfectas —y no es fácil que en un buen libro haya más de una—, llenas de sentido y de vida. Si el libro es tuyo (y espero que sí), no sueltes el lápiz. Te sorprenderá la cantidad de cosas que tienes que subrayar para volver a leerlas una y otra vez. Prueba con la primera página y encontrarás uno de los principios más potentes de la literatura. Un mantra que acudirá a tu memoria más veces de las que imaginas.


"En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas por la cabeza.

Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien –me dijo– ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas".


«El Gran Gatsby», además, anticipa un futuro que su autor ya fue capaz de vislumbrar. Los grandes escritores (Kafka, por ejemplo) y escritoras (Atwood, por ejemplo) son, entre otras cosas, visionarios de sus sociedades. Fitzgerald se anticipa y habla de lo que en nuestra economía ya ha pasado de manera reciente y dolorosa. Habla de lo que nos vuelve a ocurrir, porque no hemos hecho nada para no repetir la historia. Pero también habla —es literatura— del ser humano, de los miedos y carencias que somos capaces de utilizar como acicate para vivir de manera acertada o incorrecta. Habla del amor, de la muerte y la mentira, del engaño a los demás y a uno mismo, de los espejismos por los que nos atrevemos a todo. Habla de uno en relación a los otros. De los «afortunados» y de los «desgraciados» en el sucio y repugnante orden del mundo (esta última apreciación es solo mía, que un buen libro no juzga, expone). Son tantas y tantas las cosas que contiene esta historia que solo puedo pedirte que tú sí cojas el libro de la primera estantería en la que te lo encuentres y no lo sueltes.

Después, léelo, repito, al menos una vez en la vida.


Para terminar, una pregunta de taller: ¿Por qué F.S. Fitzgerald elige a este narrador (testigo o periférico) para contar la historia? ¿Por qué no nos la cuenta el propio Gatsby? Hablaremos de esto en las clases si tenéis curiosidad.


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