• La espuma de los jueves / escritura creativa

El síndrome de burnout

Actualizado: may 27


Doctor… ¿Doctor? Ah, perdone, como veo que tiene los ojos cerrados pensé que igual se habría dormido. Disculpe. Si es su costumbre pasar consulta así… Solo que me parecía raro. Aprovecho, si no va a mirar y no lo considera una descortesía por mi parte, para quitarme las medias, ¿le parece? Tomaré ese leve movimiento de cabeza como un sí. Seguro que ha visto el anuncio ese de la tele que asegura que estos pantis no aprietan ni dejan marcas ¿No lo ha visto? ¿En serio? Bueno, da igual, no se lo crea, es todo mentira. Claro que igual si me animara a tomar más bífidus, dejara la lactosa y me pasara a la quínoa integral dejarían de apretarme muchas cosas pero, en fin, para eso estoy en manos de un nutricionista. A este paso lo que mejor va a cerrarme es el monedero, porque hay que ver lo caro que sale un tratamiento sea del tipo que sea ¿Se llaman así, tratamientos? Bueno, pues ya está. Mucho mejor ahora, dónde va a parar. Las dejo por aquí y luego... Vaya, tiene usted ¿cómo llama a esto, despacho? un pelín abarrotado. Se me irán los ojos a todas partes y no me concentraré, perdone que se lo diga, de hecho creo que ya estoy empezando a ponerme nerviosa. El amigo que me recomendó sus servicios dijo que era usted una eminencia en lo suyo, tal cual me lo dijo, y ahora viendo la cantidad de cachivaches que acumula, parece todo es suyo. Ni hueco para las medias encuentro. Ya le dije por e-mail que estoy algo estresada y cualquier cosa, por muy insignificante que le parezca, puede hacer que pierda los nervios. Igual no lo leyó usted bien o su método es la terapia de choque ¿Es eso? Le advierto que ya noto un poco de taquicardia, si quiere comprobar… Me tumbo, me tumbo. Perdone.

Lo que le iba contando, llevo dos meses sin trabajar y no me lo explico. Siempre he sido una mujer tranquila, sosegada y de carácter afable hasta que decidí hacerme escritora ¡Oh, vaya! Veo que abre usted los ojos al fin ¿Le gustan los escritores? Bueno, ya me lo contará más tarde que las manecillas de ese reloj de pared corren sin tregua y yo sí-le-í su e-mail con atención en el que detallaba, en negrita y doble subrayado, que la sesión duraba cuarenta y cinco minutos exactos. He de decirle, aquí entre nosotros, que no son necesarias tantas comillas y signos de exclamación en los textos. No sé con qué tipo de gente trata usted pero yo, con unas sutiles cursivas capto con facilidad los dobles significados. Y ahora que me fijo, creo que el mecanismo del Big Ben es algo más pequeño que la péndola que cuelga de esa máquina. El tictac tampoco ayuda ¿sabe? En serio, creo que me va a dar una arritmia. ¿Le importa si subo las piernas a la mesa? Total, un par de pies entre tanta cosa… Espero no marearme.

De acuerdo, continúo. El caso es que soy escritora como ya le he dicho pero no una escritora cualquiera, que va, soy la escritora con más éxito de este país. Cuando le pedí cita a su enfermera ¿o es su secretaria? le di, claro está, un nombre falso aunque en realidad sea el verdadero ya que es el inventado por el que todo el mundo me conoce ahora. Sí, doctor, lo habrá adivinado, yo soy Amanda Teruel. Claro que antes del seudónimo que me dio la fama he sido, soy, Dolores Laseca, comercial a puerta fría, auxiliar en un jardín de infancia y administrativa a tiempo parcial en una tienda de recambios agrícolas. Datos que no interesan ya a nadie porque a A.T., que es como tengo que firmar si no quiero que la tendinitis de la mano derecha me deje para echar azúcar a los dulces, se ha encargado de hacer desaparecer a Dolores, la mujer que era, soy, fui… Yo qué sé. Qué lío. Quiero confesarle, ya que estamos y pese a la postura tan poco elegante en la que me encuentro, que ni siquiera era una gran lectora antes de dedicarme a esto. Quién me iba a decir a mí que el destino daría un giro de ciento ochenta grados y nada de eso tendría importancia. Vivimos, es un hecho, en la tierra de las oportunidades.

Porque eso fue lo que hice, aprovechar la oportunidad durante las vacaciones de verano que pasé en una preciosa casita rural alquilada, donde hasta las vacas estaban puestas en el mismo lugar que en la foto de la web de reservas. No tuvo en principio mucho sentido, verdad, a algunos nos sacan de la ciudad y vamos de paseo por el campo buscando enchufes bajo las setas para cargar el móvil. Aparte de mirar a las vacas, poco podía hacer yo por allí salvo jugar al cinquillo con los parroquianos en el bar de la Fuencisla de siete a nueve de la tarde. Por eso me decidí a ocupar el resto del tiempo en otros quehaceres.

¿Conoce el libro «Rosaura enamorada»? Lo escribí enterito en aquella casa recóndita durante esas dos eternas semanas de asueto. Quinientas setenta y cuatro páginas que salieron de aquí, de esta cabeza. Fue lo que se conoce como llegar y besar el santo, me la publicaron enseguida. Mi primera novela y ya va por la vigésimo sexta edición. ¿Y ha leído «Dime que me quieres o apártate»? ¿No? Pues la escribí en quince días a la vuelta de aquel paraíso de silencio, paz y timbas ilegales. Igual le sorprende saber que también cuento en mi currículum literario con un ensayo. Vaya, he captado de nuevo su interés, esa manera de enarcar las cejas no puede pasarme desapercibida. Pues sí, los dos primeros libros se vendían tan rápido que la editorial quiso ¿cómo lo llamó? explotar mi talento narrativo abriendo nuevas vías de negocio. Literal. Tardé seis semanas en tenerlo listo, qué quiere que le diga, una no siempre halla la inspiración necesaria cuando la necesita, pero una vez que acabé «Pasión por la Arial» se empeñaron en cambiarle el nombre por «Escribe aunque no tengas nada que decir». ¿A que adivino lo que está pensando? Veo la cursiva en su mirada. Espere, no, no me lo diga; opina que es un titulazo ¿Sí? Le juro que yo tuve dudas, demasiado largo para mi gusto. Me tragué las palabras cuando vi que desbancaba a los tres libros de autoayuda más vendidos del último semestre, incluida la hija de Punset, que no había quien le tosiera. Precisamente acabo de firmar, justo antes de venir hacia aquí, por eso me he puesto medias, un contrato muy ventajoso con una cadena de supermercados. Van a exponer mi obra completa en todas las líneas de caja con una oferta de lanzamiento de tres por dos o como obsequio por compras superiores a treinta euros. ¿Cree que eso me ha hecho especialmente feliz? Porque aquí me tiene, hundida, hecha un trapo. Y no crea, pese a esta revelación que acabo de hacerle bajo secreto de confesión ¿es correcto hablar así en estos casos?, no crea, repito, que estoy endiosada, alejada del populacho o borracha de soberbia. Nada de eso. Por cierto, ¿no ofrece nada de beber a sus pacientes? Ayudaría mucho a generar un clima de confianza ¿lo sabe? Yo no me abro a cualquiera aunque creo que me está viendo usted las bragas desde ese ángulo hacia el que se ha movido. No me importa, quédese donde está, puede usted mirar cuanto quiera. Si me ha leído alguna vez ya sabrá que ninguno de mis personajes femeninos usa ropa interior porque a los lectores, al parecer, les gustan esas manías. Yo, en cambio, siempre me pongo bragas.

Me centro. Me centro. El caso es que en este último año las cosas han ido bien. No puedo decir lo contrario. He llevado una vida cómoda, he viajado sin descanso by de face, como dicen esos milenials tan graciosos, acabo de mudarme a una urbanización privada donde no llega al buzón un solo papel de ofertas del Carrefour y he olvidado la cuenta de los congresos a los que he sido invitada con todos los gastos pagados. Incluso he sacado tiempo de hilvanar a ratos una nueva historia cuyo borrador «Vuelve de una vez y dime que te quedas» van a ayudarme a sacar adelante un grupo de escritores jóvenes, muy simpáticos, que la editorial se ha empeñado en asignarme. Esa es la palabra que usaron. Asignarme. Tengo que prestar especial atención a la protagonista, Lucy Gringer, porque ya me ha dejado caer mi agente que Paula Echevarría está loca por interpretar el papel y estos de la tele no tienen espera, menos incluso que la editorial. Pero, ay, es que cuando menos lo imaginas, cuando mejor parece que te van las cosas, zas, llega el palo.

Entenderá doctor, que la expresión llevarse un palo es una metáfora. Nadie me ha golpeado jamás, dijeran lo que dijeran los periódicos sobre aquel cónclave de escritura tropical al que asistí en compañía de trescientos colegas, navegando por el Caribe en un trasatlántico de lujo. Si me caí por la borda al mar no fue, como tendenciosamente insinuó un periodista rosa, porque me empujara E.L. James en un ataque de furia, eso es lo que dijeron. Pobre, si es una pacifista convencida que no soporta la violencia. Lo de Christian Grey, Anastasia y el látigo es pura metáfora del amor libre que un puñado de feministas se empeña en ensuciar. Lo que en realidad pasó, a usted puedo contárselo, es que los tacones de aguja y las cogorzas no deberían mezclarse nunca. Se lo digo yo y admítamelo como consejo. Eso y que las barandillas bajas, que permiten disfrutar de las vistas desde las tumbonas, no digo yo que no, tampoco son buena idea si tenían pensado dar barra libre. Pero bueno, es algo que aún está sub júdice y mis abogados me han prohibido que hable hasta que haya sentencia. Guárdeme el secreto. Menuda hostia me di, esto sí puedo confirmárselo, pero no es ese el palo del que vengo a hablarle. Aunque de esta amarga experiencia, le diré también, ya tengo la sinopsis para «Océano de caricias» ¿Sorprendido? La dicté completa a mi asistente (otra “asignación” de la editorial) la noche que pasé en observación con hipotermia y tres costillas rotas tras el rescate. Los escritores, como los toreros, estamos hechos de otra pasta.

¿En serio no tiene nada para beber por aquí? Juré tras lo del barco que no volvería a probar una gota de alcohol pero no creo que aquí haya peligro de caer al agua y la verdad es que me hace falta un buen trago ¿Nada? Debe ser lo único que no haya por aquí. No me mire de esa manera, tiene que entenderme, contar lo que voy a contarle es difícil para mí porque el mayor golpe que me he llevado, y se lo digo yo que he volado en caída libre desde el equivalente de un décimo quinto piso al mar, el auténtico golpe en mi vida, anótelo en esa libreta, ha sido perder la inspiración.

Así es. Estoy hueca, vacía. Mi caudal creativo no da para más. Se ha cerrado. Atascado. Lo noto. Consideraba que mi agente era un amigo, le pago una pasta y no le doy disgustos, así que pensé que lo mínimo que podría pedirle es que me escuchara ¿Cree usted que lo hizo? Pues no. Resulta que en una cláusula de su contrato lo ponía bien clarito. Ni me he molestado en buscarla, me siento dolida, la verdad. Tanto llamarme cada día a deshoras, tanto dorarme la píldora, me hizo confundir su celo profesional con el cariño. Y una mierda.

Tampoco la editorial me sirve de gran ayuda. Solo saben dictar plazos, fechas, reuniones, puntualidad y otra serie de palabras feas que me hacen enfadar. ¿Hablarlo con otros colegas? Imposible. Solo coincidimos en viajes y conferencias y, si por casualidad nos encontramos en cualquier otra parte, ni nos miramos a la cara. Me cae bien E.L. James, ya se lo he dicho, pero no sé una palabra de inglés y la mímica no es lo mío. Pensarían que me ha dado un ataque epiléptico si trato de mostrar lo que me pasa. Así que ya lo ve, necesito su ayuda urgente, por eso vine. Usted es ¿cómo lo diría? mi héroe, mi salvador y, ahora que me fijo, tiene un porte que encaja a la perfección con Juan Pedro, el galán de la historia esa que quiere Netflix, sí, hombre, sí, la que Paula Echev…¿Qué dice? ¿Qué ya es la hora? ¿Se terminó la sesión? Pues se me ha pasado volando, justo cuando estaba llegando al clímax. No se asuste, es jerga de escritores, nada sexual, jeje. No tengo vida íntima desde que soy famosa ¿Me acerca las medias, por favor?

Muchas gracias, doctor. Sí, concertaré una nueva cita y como me ha caído usted bien el próximo día traigo una botellita de Beefeater con dos copas, yo invito. ¡Shih shih shihhhh! No diga nada, que lo veo venir y creo que sé lo que está pensando; también le regalo mi trilogía completa ¡Dedicada!


(María Morales)

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