• La espuma de los jueves / escritura creativa

FACTURAS


Veo porno. Sí, y qué pasa. Me repugnan ciertas cosas pero las miro igual. Hay noches en las que solo consigo dormir si me masturbo alumbrada por la pantalla del móvil. Cualquiera que me viera con la luz apagada y esa claridad bajo la barbilla puede pensar que juego a los fantasmas pero todo el mundo tiene secretos ¿o no? Aunque esto no es un secreto, es simplemente que no lo hablo con nadie, hay diferencia. No pruebo una gota de alcohol, ni una caña me bebo, y no sabría darle una calada a un cigarro sin toser al tragarme el humo, pero cualquier escena de sexo, la que sea, me pone caliente. Como una moto. Aunque tampoco me hacen falta escenas porque las tengo todas aquí, en la cabeza. No sé cuántos gigas de porno almaceno en el disco duro. El móvil es solo un disco externo. Soy capaz de rumiarlas en cualquier lugar para evadirme y así no pienso. Se trata de eso, de no pensar. Tanto pensar para qué, no me ha llevado a ningún sitio aunque haya tardado un poco en darme cuenta. Mi abuela ya se lo decía a mi madre, esta niña piensa demasiado, y me mandaba a jugar a la calle en cuanto me veía acurrucada en un lado del sofá. Por eso me fui con Paco. Tres citas y ya teníamos hecho el plan. Menudo plan. Ni mi abuela ni mi madre se opusieron. Pues vale, dijeron, tan malo era uno como otro. En casa, ya lo he dicho, nunca hubo mucho que pensar y las cosas fueron bien hasta justo antes de que empezaran a ir mal. Aunque en la cama siempre había faena. Lo que pasa es que yo me cansé. No compensaba un buen rato si después tenía que aguantarlo el resto del día con sus manías, sus paranoias y su mala leche. Así que cada uno por su lado, le dije, eso sí, de malas, que de buenas Paco solo se metía en la cama. El problema es que yo no sé estar sola y como soy muy sociable, que mis penas no le importan a nadie, me salieron amigos en seguida. Juan, el carnicero del súper, fue el más atento conmigo tras separarme. No me resisto a los hombres atentos, no tengo fuerzas ni corazón para decirles que no, que ya cubrí el cupo de sinvergüenzas con Paco, por eso empezamos a vernos cada noche cuando acababa su turno. Yo limpio casas y salía un poco antes, así que aprovechaba para ponerme guapa y que Juan se pusiera nervioso nada más verme. Por supuesto, nos veíamos a escondidas, él estaba casado y no era plan de fastidiarle la vida a nadie, yo no quería eso y él tampoco. Así que parecíamos dos adolescentes empezando a vivir la vida. Riéndonos por nada y comiendo hamburguesas con patatas fritas en descampados. Como solo teníamos un par de horas antes de que su mujer empezara a llamarlo al móvil, nos íbamos en su coche a un polígono cercano. No sé si fue porque allí casi no había espacio o porque el pobre se excitaba demasiado, que siempre acababa rápido. No le pedía más, para qué, estoy segura de que el hombre hacía lo que podía. Luego, cuando me dejaba en el portal de mi casa y yo subía a acostarme, me ponía alguna peli y trataba de concentrarme en él conduciendo coches más grandes. Así estuvimos hasta que me di cuenta de que pensaba más en otros y decidí dejarlo. Para aburrirme, tampoco y, siendo la otra, pues menos. Lo que pasa es que con la edad que tengo si no eres la querida eres la odiada, que no sé por qué todo el mundo —y me incluyo— se casa tanto y tan pronto. Hasta con estafadores he dado, solo que a mí no podían sacarme el dinero ni boca abajo, que antes de que me paguen el mes ya lo tengo todo gastado. Llegó a venir la policía a mi casa preguntando por un tal Jesús, que resultó que yo conocía como un tal Andrés y, se llamara como se llamara, le había sacado los cuartos al menos a tres mujeres elegantes. Tuve que reconocer delante de aquellos desconocidos que conmigo solo se había acostado y que nunca, jamás, le di dinero en efectivo ni él me lo pidió. Sí me hice cargo del motel en el que quedábamos pero no consideré que aquel dato resolviera nada, así que los dos hombres se miraron con una expresión que no supe interpretar y antes marcharse, uno de ellos, el más joven, me dijo que había tenido suerte en relación a las otras, y yo pensé, no se me ocurrió decirlo, que sí la había tenido, porque era un fuera de serie y me daba lástima no poder volver a verlo ya que, como me contaron cuando se despedían, se había largado a Brasil con más de doscientos mil euros de las víctimas. Y luego las putas somos nosotras. Después de lo de Andrés «el fugitivo» ha habido un montón, no llevo la cuenta de algo por lo que nadie va a felicitarme. Tan solo me niego a polígonos y coches, que ya tengo unos años y no estoy para hacer contorsionismo. Prefiero una habitación en cualquier lugar, aunque la tenga que pagar yo, que a mi casa no llevo a nadie. No quiero verme cualquier día en Internet porque algún degenerado me grabe con un teléfono, que hoy en día todo se graba, sobre todo si es guarro. Sé de lo que hablo porque he visto grandísimas putadas las noches que no puedo dormir. Ahora salgo con un cartero. A fuerza de vernos por el barrio hemos hecho buenas migas. Es soltero y yo juraría que casi virgen si pienso en la primera vez que lo hicimos, sin embargo es educado y cariñoso y paga siempre la cuenta porque, como él mismo me dice, tiene un trabajo fijo y yo debería ahorrar. Además, tarda algo más que otros en cansarse que, lo que es a mí, no me cansa nadie. Hablamos mucho, a veces me parece que demasiado, y si le digo que hay cosas a las que no puedo responderle, él me pide que las piense. Que piense, me dice, y yo, que pensar no es lo mío, le voy dando largas porque me temo lo peor. Sé lo que vendrá después, que nos aburriremos de estar juntos, que yo cuando me aburro busco un desahogo y que a él eso no le gustará. En cuanto sepa que me gusta mirar pelis, hará lo que sea para que deje de hacerlo. Como si lo viera. Los hombres quieren controlar hasta las fantasías. Y yo no quiero eso, ni que nadie me diga lo que tengo que hacer, ya lo tuve y tuve bastante. Me gusta leer mi nombre en las facturas de la luz y elegir qué pago o qué dejo a deber. No quiero un novio al lado las veinticuatro horas del día, lo quiero encima o debajo, según se tercie, y por un rato, que necesito poder respirar tranquila y sola después de una buena ducha.


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