• La espuma de los jueves / escritura creativa

Flores en las grietas



En el fondo un relato es un instrumento de consuelo o eso dice Richard Ford en esta pequeña joya titulada Flores en las grietas, donde el escritor da vueltas al significado y sentido que tienen los cuentos. Frases así son los milagros que una invoca al universo cuando lee o cuando escribe, cuando trata, en definitiva, de encontrar palabras que respondan a dudas que están ahí —donde quiera que sea que esté ese «ahí»— porque forman parte de nosotros y nuestra naturaleza.


Mi marido me contó hace años una historia de infancia que siempre me ha parecido de un tremendo valor narrativo amén de una ternura aplastante. Algo que debería estar en una novela (y si puedo, prometo que estará) por la sencillez, valor y sentido que entraña. Él y sus hermanos nacieron en Madrid pero de pequeños iban de visita al pueblo natal de su madre, en la provincia de Toledo. Para la memoria de un niño de ciudad el pueblo eran calles vacías y una era; la enorme explanada de tierra y yerba cuyo horizonte se perdía en el infinito sin el skyline de la capital. Recuerda que allí jugaban eternos partidos de futbol viendo rodar la pelota hasta que se perdía de vista una y otra vez, una y otra vez, mientras corría y corría tras de ella. Una vez, durante un paseo y sin saber bien por qué, miró a su madre, que lo llevaba de la mano, y le dijo de repente: menos mal que nosotros no somos de aquí.


Cada vez que me cuenta la anécdota veo en su mirada la inocencia de aquel niño que, aliviado por no ser de aquel lugar, intuyó en aquel instante que algo de él sí lo era y al pronunciar la frase, no tendría más de cuatro o cinco años, conjuraba el miedo. Fue un consuelo entonces la primera creencia y es hoy una profunda revelación la segunda.


Llegar a conocer lo que no sabemos que sabemos es una consecuencia de vivir que los relatos, los buenos relatos, nos muestran. Pequeñísimas cosas inadvertidas que se filtran por las grietas de nuestra existencia, por las que brota la literatura.

Nada, en realidad, puede explicarnos de modo definitivo por qué un relato es excelente.
Los grandes relatos son acumulaciones de plantificación, vigor, voluntad y aplicación, pero también de suerte, error, intuición e incluso, quién sabe, repentina inspiración para todo aquello para lo que no hay clave y en cuyo seno las cosas a menudo ocurren simplemente.

El acto de escribir ficción, el acto de leer, la censura, principios, nudos y desenlaces, el acto de autoridad que todo cuento requiere, Chéjov (el maestro), Carver (el amigo), mezclados con sus recuerdos de adolescencia en el hotel del abuelo cuando quedó huérfano de padre, un padre al que le dedica un bellísimo capítulo sin la leyenda del misticismo, sus inicios como profesor de escritura creativa y como escritor y hasta la violencia física empleada a lo largo de la vida son las grietas de las que Richard Ford, este hombre lleno de testosterona, observador, sensible e inteligente, recoge sus flores. Justo en ese lugar en el que crecen las nuestras. Asómate y mira.

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