• La espuma de los jueves / escritura creativa

LA MUÑECA


El abuelo dormitaba todo el verano en la butaca grande del salón. Daba igual que los niños gritasen o rompieran algo que no se inmutaba. Tan solo algunas veces, la madre trataba de hacerles bajar el tono llevándose un dedo a los labios y señalando con los ojos el lugar en el que el abuelo descansaba. Ni por esas dejaba la casa durante las vacaciones de ser el escenario de una batalla campal en la que los dos pequeños soldados rasos pasaban el tiempo de rebelión en rebelión.


En el suelo los juguetes de Vicente ocupaban todo el espacio. Era él y no Matilde quien recibía por cumpleaños, santos o navidades, los regalos más voluminosos. Trenes y raíles, fortalezas del oeste, coches y carreteras, camiones de bomberos y hasta un barco pirata no encontraban competencia entre los animales de peluche, la cocinita de plástico rosa o el carrito con capota de su hermana menor. Por eso, cuando en el quinto aniversario de la niña llegó la muñeca, ninguno le hizo el menor caso. Era un bebé enorme y Matilde apenas podía con ella en brazos.


—Tiene el tamaño de un bebé de verdad —le decía su madre tratando de que la niña sonriera al verla —. ¿Ves, Mati? Puedes acunarla, cambiarle los pañales, cantarle nanas para que se duerma y quererla mucho, mucho como yo te quiero a ti.


Pero la niña torcía el gesto y soltaba la muñeca en cualquier rincón. De nada sirvieron los intentos de la madre por llamar su atención ni el de las vecinas que, cuando venían de visita y veían a la bebé tirada como un guiñapo dentro de su cuna, se apresuraban a acostarla con delicadeza.


—No puedes dejarla así, ¿no oyes como llora? Ea Ea Eaaa ¿Quieres consolarla tú?

Matilde al verlas se extrañaba de que mujeres tan mayores jugaran con tanta seriedad y más tirria albergaba en su interior hacia la muñeca.

La situación llegó a su límite la mañana en la que Vicente, porque no había dormido lo suficiente aquella noche, porque le dolía la barriga de comer galletas o porque los cuatro años que le sacaba a su hermana empezaban a multiplicarse, no permitió que esta jugara con sus indios de colores. Y Matilde que; durmió igual de mal aquella noche o le dolía la barriga porque había comido galletas o porque no entendía que su hermano se comportara así negándose a compartir la diversión con ella, empezó a berrear como solo una niña de carne y hueso sabe hacerlo, mezclando la desesperación con la falta de lenguaje.


La madre acudió alarmada y en su afán de calmarla le acercó la muñeca imitando, para colmo, que también ella lloraba asustada por ver llorar así a su «mamá».


—¡No la quiero! —gritó Matilde entre hipidos y mocos alejando de su lado a la muñeca como si le quemara la piel —. ¡No la quiero!


Entonces sucedió lo que nunca antes había sucedido. El abuelo, que había abierto los ojos, los miraba a todos blandiendo un dedo acusador en dirección a su hija.


—Déjala tranquila, la niña tiene toda la razón. Con absoluta tranquilidad pero con suficiente dureza había puesto palabras al malestar que Matilde traducía a llanto, y levantándose le quitó a su nieta el horrible bebé de encima diciendo, mientras lo guardaba en un cajón, que no quería volver a verlo más por allí.


—Pero papá, es solo una muñeca para que juegue —respondió sorprendida la madre mientras Matilde sofocaba un último gemido con la cara hundida entre los brazos.


—Te equivocas, querida. Esto no es ningún juego ¡Es mucha responsabilidad!


(Dedicado a Pía, que me inspiró esta historia contándome una suya)

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