• La espuma de los jueves / escritura creativa

LA OCULTACIÓN DE LA PERSONALIDAD

Actualizado: feb 21


Mira que nos gusta escondernos. El placer de ocultarnos, de no ser vistos o vistas, motiva uno de los juegos infantiles más populares; alguien cuenta con los ojos tapados y el resto de participantes corre a esconderse. Gana el último en ser descubierto.


En literatura ocultar la autoría ha sido una constante desde sus inicios y puede obedecer a múltiples motivos que, en el caso de las mujeres casi siempre era exactamente ese: ser mujer. Bien porque estaban con hombres de prestigio reconocido (militares de alta graduación, políticos o escritores) o por un auténtico deseo de anonimato, muchas han sido las formas en que el nombre quedaba oculto y la personalidad resguardada. En el siglo XIX se estilaba el llamado «de» tranquilizador, por el que una mujer que escribía, si decidía firmar con su verdadero nombre, añadía tras sus apellidos un «de» seguido del apellido del varón y problema resuelto. Esa especie de autorización marital les servía para ser aceptadas al actuar como aval y garantía de mujer decente que escribe con el consentimiento del esposo. También estaban las ocultaciones parciales en las que se suprimía el apellido materno o se reducía a una inicial, para que los apellidos del padre brillaran en solitario aportando más valor. Estaban los anagramas que consisten en cambiar el orden de las letras de un nombre o apellido para dar lugar a otro distinto. Ejemplo muy conocido es el de Margarite Yourcenar, anagrama de Crayencour, su verdadero apellido. Era común para los mismos propósitos utilizar un título nobiliario, real o ficticio, que diera empaque, por el contrario, algunas damas nobles optaron por prescindir de él. Y llegamos a los archiconocidos pseudónimos; nombres y apellidos falsos entre los que se busca, ante todo, la musicalidad, la belleza y, cómo no, el anonimato. No son pocos los apellidos que hacen referencia a la naturaleza mediante lugares (topónimos) o paisajes y plantas; Lago, León, Valle, Luna. En el caso particular de las mujeres elegir un pseudónimo era más que frecuente pero no ha sido ni es una opción exclusiva de ellas ya que, de seguro, nos vendrá a la memoria el padre universal del pseudónimo (perfeccionado como un arte con el heterónimo) que fue el portugués Fernando Pessoa, quien llegó a utilizar innumerables y entre los que encontramos incluso a una tal María José (joven tuberculosa de diecinueve años). Carmen de Burgos firmó de muchas maneras, Raquel, Honorina o Marianela, e incluso Colombine, lo que le permitía publicar sus textos en más medios. Otra opción curiosa fue firmar con lemas: Una amiga de la humanidad, Una hija de María o Una asociada al Rosario Perpetuo son ejemplos reales. El más conocido de estos puede que sea el de «Una dama», elegido por la universal Jane Austen para rubricar sus primeros libros. Menos usados fueron los que hacían mención a la condición física de las escritoras, gracias al cielo, provocando firmas tan divertidas como «La esbelta» o «Ciega del Manzanares».


Cuando Antonio Arrom de Ayala, tercer marido de Cecilia Bölh de Faber, quiso publicar «La gaviota» en El Heraldo, ella escribió lo siguiente:


«En este apuro, cogí unos periódicos que había sobre la mesa para buscar un nombre cualquiera que pudiese evitar al mío propio el salir a la vergüenza pública, y encontré la relación de un asesinato cometido en un pueblecillo de la Mancha llamado Fernán Caballero [...] Gustóme este nombre, por su sabor antiguo y caballeresco, y sin titubear un momento lo envié a Madrid, trocando para el público mis modestas faldas de Cecilia por los castizos calzones de Fernán Caballero.»

#PROPUESTA:

Esta es un propuesta para realizar en grupo. Cada componente escribirá un relato en el que no firmará con su nombre sino utilizando un pseudónimo, un anagrama, un lema o dejándolo anónimo. Todos los textos deberán escribirse con la fuente Times New Roman en tamaño 12 e interlineado de 1,5 y lo introducirá en un sobre blanco. Cuando el grupo se reúna, cada componente pondrá en el centro de la mesa su sobre, se mezclarán todos y se leerán entre los asistentes de manera aleatoria.


El extrañamiento de disociar el relato de la voz de su autor o autora, será uno de los alicientes y/o inconvenientes para adivinar la autoría.


¡Gana el juego el que consiga mantenerse en el anonimato!

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