• La espuma de los jueves / escritura creativa

Las pequeñas virtudes


El telón de «Las pequeñas virtudes» de Natalia Ginzburg (Palermo 1916, Roma 1991) se abre con dos prólogos de su autora. En el primero señala por orden cronológico la fecha y el medio en que fueron publicados los once ensayos que componen el libro. Aclara que es importante hacerlo así porque se entiende mejor el cambio de estilo en un periodo que abarca los dieciséis años que separan el primero (1944) del último (1960).

Sin embargo, es la segunda introducción o más bien prefacio, sobre la que voy a detenerme aquí. Tres párrafos que Natalia utiliza para dar contexto a «Invierno en los Abruzos», el primero y más antiguo de los relatos, por cuanto de importante tiene conocer que en la región italiana de los Abruzos, en el pequeño pueblo de Pizzoli, la familia Ginzburg hubo de vivir el confinato; un castigo impuesto a quienes no comulgaban con las ruedas de molino del estado fascista de Mussolini. Un exilio.


Hasta allí, una población que se adaptaba con sencillez a la escasez de la época y a un clima extremo, se trasladó el matrimonio con dos niños pequeños dejando atrás una casa, una ciudad, sus trabajos, amigos y familiares.

Al principio todas las caras me parecían iguales, todas las mujeres se parecían, ricas y pobres, jóvenes y viejas (…) Pero después, poco a poco, empecé a distinguir a Vicentina de Secondina (…) y empecé a entrar en todas las casas para calentarme con sus distintos fuegos.

Ese ir adaptándose a los distintos fuegos para conseguir calor es una bellísima metáfora de la resistencia de algunos seres humanos, una manera que Natalia emplea para sumergirse y sumergirnos en este giro que el destino, como las buenas historias, perpetra contra las líneas rectas. Así, poco a poco, como caen los copos de nieve sobre las calles y las cosas, la familia es aceptada por el entorno y acepta ella misma su situación a la espera del fin de la guerra, de una visita inesperada, una carta, algo o alguien que les diga que pueden volver a su hogar, que el escarmiento ha terminado. La espera alimenta sus esperanzas sin que imaginen lo que aún tiene que venir. Leone, el marido, será apresado tras el regreso de la familia a Roma donde morirá sin poder despedirse de los suyos.

Ante el horror de la muerte solitaria, ante las angustiosas alternativas que precedieron a su muerte, yo me pregunto si esto nos ocurrió a nosotros, a nosotros que comprábamos las naranjas en la tienda de Giró y nos paseábamos por la nieve.

Porque todo el ensayo es un constante mirar hacia atrás, hacia aquellas montañas con primaveras de viento y otoños de sequía. Hacia sus mujeres desdentadas y sus hombres albañiles, hacia las cocinas con sus fuegos, unos grandes con leños de encina y otros pobres de hojas y ramas.


Leer «Invierno en los Abruzos» es, para mí, recordar la tarde en que encontré este libro. Fue en un pueblo con playa en el que mi amiga y yo acabábamos de comer y paseábamos cogidas del brazo. Uno de esos días que eran solo para las dos, sin prisas ni horarios, cuando una librería y su librero nos invitaron a pasar y allí, entre las estanterías, cogí este que incluía «Los zapatos rojos», que yo conocía y me encantaba.


Estábamos (y parece una eternidad) en 2019. Hacía calor, hacíamos planes. Y nada de aquello volverá jamás. Pero entonces no lo sabíamos.


De esta manera los lugares que solo son estación de paso, ese tiempo que se desea acelerar porque venimos de un punto y viajamos a otro, se convierten a veces, como los Abruzos, en los mejores momentos de una vida.

Entonces yo tenía fe en un porvenir fácil y alegre, lleno de deseos satisfechos, de experiencias y de empresas comunes.

Por eso leo y releo a Natalia Ginzburg, porque lo que ella escribió resucita cada vez que es leído. Encierra en sus entrañas un momento inmortal, una fotografía mágica de cosas que no valoramos en su momento pero que a veces, solo a veces, se nos ofrece como una segunda oportunidad. Esta era yo. Así eras tú. Durante un instante. Comprando naranjas, cantando canciones. Cogidas del brazo y sonriendo por siempre.


Y porque como reza en el epígrafe latino que da paso a la historia:

Deus nobis haec otia fecit.

(Dios nos ha proporcionado estos consuelos)

En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias.
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