• La espuma de los jueves / escritura creativa

Matar cabrones


Fernando Mansilla era catalán y en una de esas entrevistas que se encuentran de él por Internet, contaba que aquí abajo la vida y la gente le parecieron siempre más auténticas. No sé, no lo recuerdo ahora bien pero creo que más o menos es lo que dijo. Lo que sí recuerdo es que lo grabaron sentado en la terraza de un bar, tan delgado, con su sombrero y un vaso de café en la mesa. Yo incordio a los camareros pidiéndoles el café en taza y aunque posiblemente Mansilla, no lo culpo, me tildaría de pija, juro aquí con solemnidad que no lo soy. Tengo alma de vagabunda, de chusma callejera que a veces camina sin rumbo mirando a su alrededor los árboles, los pájaros, la mierda del suelo y la gente. También diré, ya que estoy, que me sentaría a desayunar café con leche y tostada con cualquiera de los personajes de "Matar cabrones" (menos con tres) porque ninguno tendría en cuenta lo snob que me pongo con la loza fina.


De todos los libros que he leído en las últimas semanas, que si cuento con los dedos de una mano me faltarían todos los de la otra, Matar cabrones es, creedme, con mucho lo mejor.

Mi historia con el libro es la de casi siempre. El titulazo ya me gustó en cuanto los de Barrett (editores y amigos de Mansilla) lo pusieron en circulación. Estoy atravesando una etapa belicosa, amén de alguna otra menos adjetivable, y me enfado hasta por las veces que me llevaron la contraria en el colegio, así que la portada (cuyo origen conoceréis en cuanto abráis el libro y os provoque la primera sonrisa, apuesto lo que sea) me parecía, cuanto menos, un guiño a mi estado anímico o al deseo de tener el superpoder de aniquilar con la mirada. Ay, alma cándida la mía... llegué a preguntar por él a uno de sus editores y a pesar del entusiasmo que le puso el hombre, nada, me daba no sé qué y lo iba dejando. Ya me ocurrió con El gran Gatsby y en este mismo blog, por si tenéis curiosidad o desmemoria, podéis leer de qué fue la vaina. Aunque para vaina, yo.


Porque menuda historia, alucinante en su acción, ejemplo de buen estilo, con diálogos perfectos y bien dosificados, y descripciones que no te cansas de leer. Todo, todo me ha gustado. Empezando por su ubicación en esta Sevilla de La Alameda, El Pumarejo, calle Feria y Relator, Las Columnas. Que no todo es Nueva York y taxis amarillos o Londres y sus gardens bien regados. No me veo con facilidad en la Quinta Avenida pero en el Pitacasso ¡qué de falafel he comido! Y luego sus personajes inolvidables, esos parias de la ciudad que se sientan a tomar el sol (y las litronas) en los bancos sucios de color albero o se apoyan en los muros del palacio de las Sirenas. Adelardo, Pepe el Colgado, Óscar Valor, Curro, el alcoholismo, las drogas, la enfermedad mental, la soledad, el frío y los perros, se acompañan unos a otros mientras Mansilla los retrata como lo haría Chèjov, con toda la ternura, humanidad y compasión que caben en este mundo. Con todo el respeto. El mismo que exige Pepillo, que se gana la vida pidiendo veinte céntimos para un bocadillo poniéndose de rodillas ante cualquiera, cuando le dice a un desalmando que lo quiere vejar "Yo no me humillo ¡Estoy trabajando!". Si además sigues el ejemplo del maestro ruso y metes en escena una pistola... pues ya tienes esta novela negra sevillana con forro de algodón. Que estos desgraciados, además del bolso, dan tirones de corazón. Aviso.


Fernando Mansilla murió (no estoy destripando nada) antes de terminar este libro pero los Barrett ordenaron el manuscrito y dijeron que sí, que adelante, que la historia estaba casi completa y sería un lástima no publicarla. Para mí —si vale de algo— no le falta nada y, lo que le falta, me gusta imaginarlo que tampoco es difícil y hago justicia poética. ¿Algo más? Mansilla, para nuestro deleite, trabajó con dos hipótesis que, gracias eternas, en el libro aparecen. No se puede pedir más. Bueno sí, que no se hubiera muerto Fernando y que hubiera escrito más, pero como cantaba él mismo en relación a la extinción de los dinosaurios, toda gran historia (y lo sentía por los animalitos) se merece un gran final. Un buen estruendo de meteoritos, falta nos hace a veces.

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