• La espuma de los jueves / escritura creativa

EGO LEGO

Actualizado: feb 9


Comencé septiembre con la firme decisión de disfrutar más de los clásicos por lo que pedí a mis padres como regalo de cumpleaños La Odisea. César añadió a la biblioteca Las amistades peligrosas, La letra escarlata y La educación sentimental. No contenta, me regalé a mí misma los dos volúmenes completos de Fortunata y Jacinta y, para ser consecuente, comencé releyendo (tenía una edición infantil e ilustrada que de pequeña me sabía de memoria) la primera novela moderna de la literatura en España, adelantando en cincuenta años al mismísimo Quijote. Hablo, claro está, de El lazarillo de Tormes.


Es asombroso conocer el origen de las cosas o, dicho de otro modo, cómo se hizo algo primero. Estamos tan acostumbrados a leer en primera persona historias que abarcan la vida completa de los protagonistas, que a veces olvidamos que no siempre se ha escrito así. El de Tormes (de autor desconocido y genio universal) fue el primer personaje que, a petición de un misterioso destinatario (Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes), escribe en una carta sus andanzas desde mozuelo hasta llegar a convertirse en un marido llamémosle... consentidor de ciertas y curiosas circunstancias con respecto a su esposa.


Recordemos que los niños (las niñas ni te cuento) no tenían voz. Los desheredados no servían de nada salvo para dar brillo y esplendor a los nobles, caballeros y damas que poblaban, reinando como está mandado, todas las páginas de la literatura hasta bien entrado el siglo XVI. Ellos eran los heraldos de la moral, el honor y las buenas costumbres en arquetipos mil veces repetidos sin infancia. Cierto es que antes de Lázaro ya conocimos a La Celestina (otra sacudida que vino a alterar el orden "natural" de las cosas y las clases, impregnando la ficción de realismo), pero al no ser considerada una novela sensu stricto, queda fuera de este ranking novelesco, que no novelero, o me corregirá raudo un buen amigo de esos que, encima, me leen.



Como los propósitos no me duran demasiado, salté de 1554 a 2005 y comencé El año del pensamiento mágico, de la escritora norteamericana Joan Didion. Una anatomía del dolor, leí en alguna reseña, una aproximación a la muerte, añado yo. La autora, de manera autobiográfica, mezcla aquí la literatura con datos, fechas, artículos científicos, lugares, partes médicos, libros y medicamentos, para adentrarnos en la experiencia dolorosísima de perder al compañero de vida en apenas un minuto y cómo afrontó el hecho durante todo el año que siguió después. No puedo creer, me duele creerlo, que en 2011 Joan publicara Noches azules, un nuevo libro en el que narra, como en el anterior, lo inenarrable, aunque esta vez con un terrorífico giro de tuerca, la muerte de su hija.





La entrometida, nunca mejor dicho, se coló entre mi idea de retomar a los clásicos (qué lejano quedaba ya mi propósito a esas alturas de septiembre) y la casi necesidad de seguir indagando en un tema hacia el que me inclino con cierta cadencia por el instinto de saber, para conocer mejor, para usar el punto de vista de los otros desde ese ¿abismo seguro? que nos ofrece la literatura y en el que divisamos lo que no queremos ver.


Al parecer, suelo leer en zigzag y Muriel Spark vino a sacarme del precipicio de Didion haciendome sonreir a ratos, ayudándome a meditar sin dolor mientras me enseñaba, un poquito, la maestría del oficio de escribir. En Instagram puse a los pies de esta foto: Fleur quiere ser escritora. Y de eso va, en líneas generales, La entrometida. De una mujer que escribe mientras vive y deja que le pasen cosas.

Llega la negra crecida me llegó como el zag del zig marcado por Spark. La sinopsis decía cosas como; el final de la vida, afrontar la muerte, Inglaterra, Lanzarote... Una nunca sabe qué motivos exactos te impulsan a escoger las lecturas adecuadas pero esta, porque habla de morir, de vivir y por supuesto de Lanzarote, lo fue. No hay muchos personajes de avanzada edad que protagonicen historias al final de sus vidas y, si ya cuesta encontrar a uno, imaginad a los siete, ocho o nueve que en esta aparecen y no como secundarios. Algunos se resisten a la jubilación y siguen en activo pese a todo, otros deben continuar su camino postrados en una cama, están los enfermos terminales que afrontan el final de diversas maneras, con distintas actitudes, finales inesperados e injustos (siempre lo son), señales de alarma que te dicen que nada volverá a ser igual, también aparecen las y los cuidadores que se dejan la vida al servicio de los demás y, cómo no, el sufrimiento y la soledad, el amor y la amistad. Margaret Drabble compone una novela tan admirable como original. Para releer una y otra vez. Para recordar en muchos de sus párrafos, en muchas de sus frases. Recomendabilísima.


No había leído aún el libro cuando vi, en uno de mis añorados viajes en tren a Madrid —dos horas y media para leer, mirar por la ventana, escuchar música o no hacer ab-so-lu-ta-men-te-na-da— la película La delicadeza. Me gustó (puede que porque todo lo que hago, leo, veo o pienso cuando voy en tren a Madrid, me gusta) o puede que esa historia lenta, bella, sutil, divertida y delicada, estuviera bien contada. Qué sé yo.

Luego busqué durante una temporada el libro, tenía curiosidad, pero nunca lo encontré y Foenkinos, al que he leído en otro par de ocasiones pero no me ha fascinado, se quedó en mi lista de pendientes "no urgentes", acumulando otros títulos encima.

Hace unos meses, unos cuatro meses que ahora me parecen siglos, hablando de esto y de aquello, paseando cogidas del brazo o quizá comiendo como si no hubiera un mañana (no siempre lo hay pero eso yo aún no lo sabía), mi mejor amiga, mi hermana del alma, me dijo como si tal cosa que ella lo tenía en casa. ¡¿Qué me dices?! En la siguiente cita, no tuve que recordárselo, bien lo sabía yo, lo sacó de su bolso y me lo dio. Toma. Sin embargo yo, que tiendo a no recordarlo todo en igual medida, en cuanto llegué a casa, ya sin prisas ni ansias, lo medio guardé en una estantería y me olvidé de él.

Cuatro meses después, solo cuatro, y cuando muchas cosas dejaron de ser posibles, lo vi de repente. ¿Creo en las señales? Sí, no, no lo sé. Lo cogí emocionada por haberlo olvidado, por haberlo retrasado tanto y lo leí a trompicones, queriendo encontrar respuestas a preguntas que, bien sé, no la tienen. Por ella, por mí, porque todo me parecía y me sigue pareciendo increíble e impensable. Sigo sin saber si me gusta La delicadeza porque vi la película cuando viajaba a Madrid (y cuando viajo a Madrid todo me gusta), o me gusta porque mi amiga, mi hermana del alma, me lo prestó como si nada, haciéndome un regalo que no podría devolverle. Sea como sea, esta historia es especial, bella, sutil, divertida y delicada.

No puedo por menos que dar gracias, gracias, gracias.

Continuará...


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