• La espuma de los jueves / escritura creativa

Yo, mentira


Pregunto a hombres que ya han leído "Yo, mentira" sobre su opinión de esta historia. Hace semanas tuve la suerte de acudir a una originalísima presentación del libro de Silvia Hidalgo donde al acabar había cena y, ya que ella eligió para sentarse a comer la mesa en la que yo estaba, pude conocerla de una manera diferente, algo más íntima, cercana, aunque ella lo es, desde luego, un rato. Que no siempre tiene una la suerte de conocer a las autoras que lee compartiendo el vino (agua siempre en mi caso) y unas raciones de acedías y salmonetes.


La cosa es que pregunto a algunos amigos que ya la leyeron que qué tal la experiencia. Había visto en librerías esta portada fluorescente en fucsia, mirado su contraportada, bicheado el Instagram de Hidalgo, pero no. No me decidía, con esa indecisión que solo aplaza el tiempo, no las ganas, y que yo sabía, porque lo sabía —la invitación a la cena-presentación acabó de convencerme—, que tarde o temprano lo compraría y descendería a la mentira de su protagonista con todas las papeletas, de ahí la pseudoindecisión de mi resistencia, de que se pareciera a mí. De ser yo.


La cosa es que los hombres a los que pregunto me dicen que está muy bien escrita (esto también lo contaron en la cena literaria y ya lo suponía o no estaría en boca de tanta gente), con un estilo muy depurado, conciso, exacto. Punzante. ¿Dijeron ellos "punzante"? No. Estoy segura de que no emplearon el adjetivo, como sí lo estoy de que les gustó leerla pero, a lo mejor, no la entendieron como la entiendo yo. Como me ha tocado a mí. Como me ha pinchado dentro.


Porque durante la cena (famosa cena ya a estas alturas de reseña) fuimos las mujeres las que hablamos, las que preguntamos, las que queríamos saber —¿o ya lo sabríamos en realidad y solo buscábamos una confirmación de su inventora?— por qué la protagonista del libro piensa como piensa, hace lo que hace o dice lo que dice. Los hombres de la sala casi no participaron, a pesar de que Elena, sentada a mí lado como una de las anfitrionas, les conminó a hablar, preguntar, participar, pero las voces femeninas se alzaban y entonces, más de uno, fue mi impresión, respiraba aliviado.


El matrimonio con un buen hombre, la maternidad de un niño precioso, un puesto de trabajo remunerado, compañeros que saben de tu valía, redes sociales como hobbie, un coche con gps, una casa con falso techo, una vecina que te prepara cafés. Hasta ahí todo "normal". Una clase media acomodada. Una mujer que lo ha alcanzado todo ¿Qué más se puede pedir? ¿Hay algo más allá a lo que aspirar? ¿Es lícito, legítimo?¿Esta es la meta?


Y entonces aparece el vacío, el estrés, el miedo, el deseo, el riesgo, el hasta dónde, el hasta cuándo, el ¿para qué?, el ¿para siempre?, el cansancio, la desconexión de una misma, la necesidad acuciante de conectar, las canas, las arrugas, la barriga, el pelo, las ojeras, las uñas mal pintadas, los pliegos de goma EVA, las galletitas caseras, los cumpleaños, el sofá, las series, el duelo, las otras madres, otras mujeres, los accidentes, el daño.


¿Conocen mis amigos hombres tan de cerca todo esto? ¿Lo conocían los hombres que cenaron junto a Silvia aquella noche? ¿Saben por qué puede parecer que te vuelves loca cuando es justo lo contrarío? ¿Que romperte es una forma, a veces la única, de que puedas volver a armarte de otra manera? No lo sé. Pero es que "Yo, mentira" no solo está bien escrito (anda que voy yo a descubrir ahora algo), es que lo que cuenta está tan oculto en sus frases sencillas que puede parecer que no pasa nada, que solo se trata de una ficción más. Que no tiene un principio. Que no hay un fin. Pues yo conozco qué hubo antes y sé (lo intuyo al menos) qué pasará después.


A Silvia le gusta Jennie Offill, lo dijo, a mí también, y me gusta mucho Grace Paley (no se lo dije, pero lo escribo ahora). Pues Paley tiene un relato titulado "Fe en un árbol" que comienza así: Precisamente cuando más necesitaba conversación importante, una bocanada del ancho mundo masculino, es decir, al menos un compañero inteligente que pudiera traducir mi lenguaje amistoso a su lengua de inmortal amor carnal, me vi reducida a haraganear por nuestro parque del barrio, rodeada de niños.


Así, como la Fe de este cuento, como la mujer sin nombre de "Yo, mentira", hace años me sentí una vez. Muchas. Tan mentira en mis rutinas, en mis roles, en mis certezas y en mi cuerpo, que anduve, andamos, buscando la verdad, una verdad, algo de nosotras que sea verdadero, puro, que merezca la pena salvarse. Y entonces nos rompemos, nos rasgamos por dentro, por fuera, dinamitamos la línea de flotación. Luego solo queda esperar, y ver qué pasa.

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